Matar por Anna Gabriel

                                                                    Foto de Jordi Borrás




Me da la sensación, en un refunfuño, que cada vez somos más cangrejos, y caminando hacia atrás se hace camino al pasar, con la indiferencia o echando el grito al  cielo. Dice Anna Gabriel lo que dice de la familia que es algo que dijeron los hippies, aquellos ancianos, hoy todos muertos, criando malvas power, menos algunos que no se bajaron la cinta de la cabeza hasta el cuello, collarcitos de perlas de la sumisión, de la ambición, de la sedación y del entumecimiento cerebral menos en el cacho del cerebro que da para atesorar, contar el dinerito. La familia de un asesinado recibe calderilla y deja que el poderoso caballero selle aquello que no sella nada. Se van a quedar vacios como la nada y a los pies de dios, allá en las alturas, el ilustre no podrá juzgar nada porque la nada no existe ni para él, que la pisa con garbo y pisa morena. Qué, a estas alturas,  una sociedad mire a alguien como a Anna Gabriel con cara de asco y estupefacción cuando dice lo de tener hijos a la manera que tantos pensamos y en cierto modo perpetramos (ay, el precio de la libertad es el más caro, ¿O es que todo hay que decirlo?) y entienda como agua de Mayo (que ya viene siendo demasiada) que se lancen monedas sobre la sangre, viene a decir que desde mi adolescencia hasta hoy no ha pasado nada. Y no voy a mentar la edad porque las matemáticas son el resultado de un error que no hay que agrandar si no puedes dedicarte a él por crasa ineptitud. Sí, esto nos viene pasando. El plural admite a varios de mis amigas y amigos con los que lo comento de vez en vez, no mucho, para no dar el cante del blues donde no hay más negrura que la del alma, cuando nos reunimos en la ladera de la montaña y más abajo, en el cementerio de coches, reluce, maltrecho, el Cadillac.  En uno de estos encuentros, un colega, en un arrebato, dijo, al modo España 5: Yo, por Anna Gabriel, mato. Pero luego fue peor caer de tan alto entusiasmo. Por Anna Gabriel ya matamos, tío! Nos matamos, arañamos, diezmamos y jaleamos por toda la peña festivalera del pueblo unido y la cara por partir ¿O no hicimos nada? ¿No te llegó el amor que te daba? Espero que el odio que ahora siento por ti te atraviese como un rayo. Maldita sea, esto es una locura. Sólo quisimos que hubiera gente y cuánta más bella mejor y que las reglas las pusiera el sentido común del que gozábamos decir que carecíamos a fuerza de escuchar que así era para acabar proclamando el otro, que era el mismo pero estaba mareado, y no era otro que el del respeto que otorga el pensar, te estría la coherencia, te incendia la intensidad de la vida y te concede un chin pún. Y ahora, tantos años después, volver a lo mismo. Pero si yo no quería volver nunca, porque lo  nuestro fue un revolcón de colchón sobre el piso y ahora necesito una cama especial para las lumbares y tu ya has vendido por Ualapop tus zapatos de gamuza azul. Y lumbar, lumbar.