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Cuento de verano




                                              Foto de Farinera Borda que cuenta el cuento.




No podía dejar de escribir el cuento de verano que a todo blog corresponde. El cuento siempre anda cerca, todos los cuentos. Hubo unos que contaba una prima hermana de mi madre cuando éramos chicos los que entonces éramos los pequeños de la familia,  y todos nos poníamos a sus pies, rendidos de las múltiples  batallas de los días de calor, que encendían la diatriba de los distintos puntos de vista. La mujer imaginaba a los músicos de una orquesta que habían padecido un accidente, varias horas al fresco de la noche,  sus cuerpos disparados por un choque de vehículos. El paisaje era desolador y nadie les atendía. Se podían ver  unas piernas por ahí, unas cabezas por allá, pero los músicos, siempre formales, porque la vida del músico es aciaga, acababan por tocar al día siguiente como si nada hubiera pasado. Material muy sensible. Punto de salida filosófico que roza el absurdo, la vida misma. Y así todo el tiempo, con los tebeos y las pulsiones hormonales (últimamente oigo demasiado eso de que la peña joven se mueve al albur de la hormona como si el deseo perteneciera a la biología y no al arma, al fuego que predecía Miguel Hernández en la Nanas de la cebolla, venir de la dentadura, de la boca)  Pero este cuento de calor o de días en que lo hacía ( y del frío también) lo ha escrito más que bien, genial, con un estilo alborotadamente libre y muy de pillar el corazón del lector, el compañero Javier Pérez Andújar en el Diccionario Enciclopédico de la Vieja Escuela editado por Tusquets, que es una carta de amor en toda regla con entradas que son bien  nuestras, de unas generaciones concretas en un país concreto, y pueden ser las de tantos otros que no crecieron, por poner un poner, con las canciones de Camilo Sesto. Toda biografía tiene un cantante edulcorado que termina por parecerse a la bruja Pirula. Todas las biografías se repiten. Todas las personas repiten siempre a los de la totalidad de su clase, escribió Gertrude Stein. Y Andújar repite a los de su clase y también a  los de las aulas. Un delirio descacharrante irrumpe un texto donde aflora una nostalgia vista desde el presente, con lo cual ya no lo es y todo es puro relato, literatura de chaval que toca la guitarra y sigue queriendo ser canción.

Le pasé el libro a una colega, gran fotógrafa inglesa, amante del dirty realism y toda aquella zarandaja de decir polla y decir culo que ya existía cuando se definió y me dijo que se lo había pasado llorando. Le pregunté si había entendido algo y se mosqueó. Lo he entendido todo. Los lectores son como los músicos de las orquestas según la prima hermana de mi madre, un día se accidentan y se descomponen y al otro ya están metiendo la nariz en otro libro. A cada cual se le descompone un miembro distinto, por mucho que a mí, de niña no me gustara tener miembros y si apéndices porque de lo contrario me sentía excesivamente habitada. Lo de Andújar no es una enciclopedia, es una espada en toda la frente del pensar. Ay, cuando habla de los pobres… Chitón,  no voy a mentar el asesino ni voy a mentar el final, pero el párrafo último es el que más me ha escocido, que no sé si a la inglesa que lloró lo que siempre se llora, la ausencia. Quizá por el final del libro, que me tatuaré en un collage de Emma Cohen, me he acordado de la prima hermana de mi madre, una mujer fundamental en mi educación literaria, que casi siempre se sentaba de espaldas a una habitación chica como el mundo en donde estaban los tebeos, en donde estaban los tesoros y en donde estaba la vida en casa de mi abuela, un lugar que por muchos años que pasen siempre repito aunque no sea el mismo, el lugar que cuenta Andújar como lo hacen los de la prosa suya y de nadie más, y es que en estos lugares o te hacías tu o te hacías otro y a palmarla de por vida, repetición histérica. Que Javier lo haya contado, que haya contado algo tan íntimo, es una osadía muy grande. No se puede decir en voz alta el lugar donde habita lo vulnerable de la peña porque entonces ya todo se sabe. Cuando  la prima hermana de mi madre pillaba el hilo de los cuentos y se hacía muy tarde entraba mi tío y amenazaba con castigarnos a dormir descalzos bajo el tejado. También a ella.  Mi tío murió a principios de este mes y el cuarto de los cuentos fue derribado muchos años antes.  Cuando todo esto ocurría o estaba por ocurrir, Pérez Andújar lo escribió en un libro, en una carta de amor que tiene forma de enciclopedia, de chiste, de diccionario, de corazón de tiza en la pared y de canción.

13, El Butano Popular, un árbol es un árbol, indignidad, músculos e Isabel Núñez.



                                            "Isabel Núñez, ya es un árbol", de Javier Mariscal

El nuevo año, este, será un peldaño gigante en la carrera de este principio de siglo de carácter totalmente obsceno e indecoroso, donde los indignos tipos encantados de haberse conocido y de seguir calentando la hamaca del capitalismo feroz, han hecho un agosto sin sol que les sonríe sólo a ellos (así les arda el alma) sin avergonzarse de joder al prójimo, menudos sinvergüenzas, asesinos.
Pero el nuevo año, también ha de ser el año de seguir compartiendo entre nosotros y declararles la guerra a esta gentuza que lo pone todo del revés para sentir que andan tiesos sobre el suelo, vástagos cucarachos de patas hacía arriba, se agitan como escorpiones al descubrirles debajo de los palacios.
Vamos a declararles la guerra con bolis, tirachinas, nubes de azufre y cuchillas de afeitar. Una guerra a favor nuestro y en contra de la ignominia. Se les ha ido mucho la mano. El amigo Mauri Palau dice solo hay que dejar que se vaya la mano cuando llega la policía y te halla fumando un canuto o haciendo alguna otra cosa de policía no. Él aconseja: Tirad la mano y esconded la piedra. Mauri siempre está de cháchara y risa.
Ya lo dije en el anterior post. No cocino canelones. Tampoco fumo canutos. Se me ha ido la mano del liar. Amar o hacer el gesto de matar. Siempre cuento lo mismo.
La felicidad, si existe, -que existe y es una gran bribona muy chiquita-, la ha resumido muy bien mi otro colega, el escritor Maurilio de Miguel Lapuente, en una observación que ha hecho en el facebook a mis deseos de felicidad a tutti quantti. Ha escrito: Felices deseos de ser feliz. Así es la cosa. Estimular el buen deseo ajeno es el principio del amor. Y el amor está en uno pero se hace en el de delante. Así el azufaifo de Isabel Núñez, se ha hecho en ella para siempre. Un árbol es un árbol, Isabel. Y lo mismo con la rosa y el recuerdo. Mariscal lo ha dibujado porque estuvieron de farra, los dos, por Barcelona, buscando lugares. Buscar un lugar es lo que viene detrás de un deseo de felicidad o de un deseo de plantar cara.
Yo, este año, me iré al Butano Popular, la página web de la escritura. Me lo han ofrecido y  estoy que salto de contenta. No es lo mismo escribir en un blog que escribir en una página compartiendo espacio. Este año, más que nunca, o estamos juntos o estamos chalados.
Ya os tendré al día de mi paso al  Butano. En el Butano escriben unos tipos jóvenes que enfundan la pistola como Jimmy El Rápido. Está la divina Grace Morales del mundo submarino ultra terrenal, Javier Pérez Andújar de la glosa no hace falta, corazón nocturno; Rubén Lardín del trueque y la pasión, y Jorge de Cascante, al que no  paro de celebrar desde que  lo he empezado a leer. El butano, butano, sirve para dar fuego a las cocinas de ídem. Las cocinas del caldo amoroso y el caldo no hay más que dos zanahorias y dos alitas de pollo, qué  quieres que te diga estamos a fin de mes. Pero las bombonas de butano también explotan. Y mejor, con más salero, a espuertas de las casas. O revisas los conductos interiores o te pegan en todo el jeto. Por no hablar de aquella manera de subir el butano, dos bombonas por hombro, que tenían los hombres que repartían el butano en Igualada, y son los que recuerdo, de cuando  era chica. Aquella manera de quedarme mirando, absorta, su sudor, sus músculos, y el ansia posterior de querer ser mono azul sobre piel morena de paleta dime piropos.
Pasar al Butano a principios de este siglo indecoroso y falaz tiene algo de la involución donde nos quieren llevar, y mucho de pertenencia a la esencia, al lugar de donde vengo.
En la vida, el trayecto siempre se hace de afuera para adentro, previo paso por la opción personal e intransferible. Y venga crear círculos.
El círculo, el que circula y está en mitad del circo, la pelota de todas las cosas, es una bombona de butano, un bombón de calidez que nunca se apaga, así nos hayamos ido, como Isabel Núñez, como Rita Levi, -la gran dama-, que falleció ayer, como una señal de ya vale con tanta tontería. Me voy a las estrellas bien contenta.
Cada día cambia el año, pero hoy más. Hoy cambia de todos para todos. Mañana será trece. Con su superstición y nuestras agallas, si no lo conseguimos, al menos lo trataremos. Si no nos vemos, vayámonos sintiendo.
este, 

A liarla!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!


Este post va para Beth Gargola, Montse Matas Lavinia, Montse W.Morales, Sara Rodríguez Robledo, Juan Muñoz, Marcelo Patricio Gatell, y tantos otros qué, como ellos, ya lo saben.

Cada vez entro en el face con más precaución. A fuerza de usar las redes te vas dando cuenta de que son esto, redes, de modo que no puedes andar sobre ellas como quién pisa tierra firme. O sientes bajo los pies el grosor de un acertado nudo marinero, o metes la pata y te quedas con la misma colgando en el vacío. Son percepciones de cosas chiquitas que acaban por conformar un todo. No sé cuantas pipas son necesarias para llenar una bolsa de pipas, pero anda que no es mal rollo que se te clave la astilla de una semilla de girasol en las tragaderas. Y las tragaderas, más que darlas al fuelle, hay que mantenerlas lo más vírgenes posibles, no fuera que acabemos cambiando el placer de tragar lo que nos apetece, por la otra estúpida tarea de engullir cualquier cosa, como parece que nos está pasando, pero bueno, dejo este tema y vuelvo a lo anterior.
Ya estoy harta de dar volteretas encima de un diván. Mi actual renacimiento personal ha vuelto a clavarme tachuelas sobre los zapatos de gamuza azul.
Entro en las redes con precaución, mucho más en estos tiempos de confusión, alertada por las veces que he visto como el darle al “Me gusta” se convierte más en una palmada en el hombro a un colega que te encuentras (o te gustaría encontrar)  de espaldas por la calle (Ay, este sentido de pertenencia a un determinado grupo de personas. Ay la falacia) que en la lectura y debida y la posterior comprensión del enunciado de lo que ha escrito el fulano o fulana de tal.
Todo lo que suena a estemos unidos que esto no hay dios que lo tolere y que se vaya a tomar pol culo el ministro y su suegra, o viva la cultura que pone un punto de sutura en la costura, lo premiamos con un clic, sin atender, algunas veces, lo que subyace en cada frase. He leído auténticas idioteces, incluso llenas de mala fe, en discursos de pocas líneas a los qué, en principio y según otro absurdo principio, debería de estar de acuerdo.
Ya veis que me gusta hacer amigos, pero es lo que hay.
Hace poco un intelectual de la sacralización cultural (ateísmo versus pegaminus)  puso algo que no transcribiré, y venía a contar lo que separa a un obrero de un “artista”, como si fuera necesario hacer  distinciones más allá de las personas. Lo borré. A tomar viento. Y así otras muchas cosas. Desde la pata colgando en el agujero de la red por un dogmatismo de parvulario, hasta mostrar el trasero por un clic a una frase del cripticismo del rasca rasca que seguro que no hay premio, hasta las bobadas de esta intelectualidad tan “nuestra” que va a las manifestaciones, pero en de puertas adentro de las bibliotecas, iguala la política de exclusión del PP.
Todo lo que cuento se podría denominar “las peligrosas consecuencias de los efectos retrancas de las redes en tiempos de caos social”, aunque también es lícito decir que he vivido los agradables efectos retranca que me ha dado la red, en concreto,  para la difusión de este blog.
Desde que lo escribo, he pasado de que me leyeran cuatro amigas  y amigos del rocanrol y sus  correspondientes gatos peludos, a que se me disparara el marcador de visitas, solo porque mi amigo, y siempre peor escritor que lo primero; Javier Pérez- Andújar,  me animara, cuando tenía face ( y me anima en el Twitter) con sus comentarios resalados. Se lo dije la otra tarde en que vino a darme mimos con su lengua de los Rolling Stones. Él decía, no tía, no. Le dije que sí, joder, que sí. Y respondió vale, bajando la cabeza para no oírme.
Es normal. Un genio dice a por ello y la cosa se mueve. Lo único que me cuece es que había quién ya me había leído y no hacía plas y ahora hace plas plas, a cuestas con el genio. No creáis que me esté convirtiendo en una locaza del resentimiento. Eso nunca lo seré. Podré ir al trullo por treinta y siete tentativas fallidas de asesinato, pero seguiré viéndoles algo guay a todas mis víctimas.
Solo me gusta poner las cosas en su sitio. Tener los cajones ordenados y la casa por barrer.
Cuando a los aúpas de “nuestro” mejor escritor de esta mitad de siglo, el Andújar, se le sumaron los “compartir” de la mejor persona que he conocido jamás en este mundo, el siempre peor actor que amigo, Juan Echanove, el marcado de visitas del blog, ya loco, se ha roto por los cuatro costados.
Así que las retrancas de red me han beneficiado tanto como me joden en ciertos casos.
Lo malo de escribir  estas cosas es qué, no sólo perderé a algunos “amigos” del face, si no qué, encima, los dos amigos genios que he citado, mis dos amigos obreros con capacidad de convocatoria, esta vez no me van a dar pábulo porqué son tímidos, se marean ante el halago, y no les va que les quieran por la red.
La red no es un lugar para querer a la peña. O no sólo. Aunque si es un lugar para jugar con dobles sentidos y decir lo que se siente para que le den al me gusta sin pensar, no veo por qué no podrían hacerlo, aunque lo importante, para mí, para mi blog, para mi relación con las redes, no es ir comiendo la polla en público a mis compañeros, si no apreciar que a quién le gusta lo que dices, sea por que de verdad le gusta y no porqué tiene el dedo tonto y la cabeza en el sopor de las consignas y las tendencias.

Veintitrés efe



Cuando me siento a escribir porque he dejado de hacerlo por unos días, y en este caso, emocionantes días; con fiesta sorpresa de aniversario incluida, más las felicitaciones del face y el iris del ojo del enemigo brillando por la cerradura. Cuando esto o cuando no, vayan como vayan las cosas, pero casi siempre, cuando me siento a escribir y no me sale nada, me pongo un disco, me atizo la emoción y empiezo a caminar por las palabras. Sigo el hilo rítmico y el hilo melódico, sumo mi desbarajuste o mi asertividad personal al globo, y hala, a sumar frases.
Cuando termino parece que me hayan sacudido como una alfombra contra la verja de un balcón un sábado por la mañana y me siento más descansada.
Perdonad lo autorreferencial del post, pero es que todavía no he bajado del veintitrés efe, el día en que nací, mucho antes de que aquellos descendientes directos de los reyes católicos nos pusieran la pistola en la sien. Hoy no he necesitado disco. Hoy ya tengo bastante con mi canción.
El caso es que hace unos días, en la red, leí una entrevista a Javier Pérez Andújar en la que decía esto, que se valía de las canciones para escribir. Al leerlo me mosqueé. Joder, estos genios de dios y de madonna te pillan hasta los recursos...
A medida que pasan los años, con los veintitrés efe como referencia puntual, una va aprendiendo que nada de lo suyo es distinto de lo de los demás. La edad te va democratizando en el sentido literal y generoso del término, y vas advirtiendo (al menos yo lo siento así) que todo lo que creías único y “tan” peculiar, no lo has inventado tu ni Roberto Carlos.
Y como sea que es que ya he pasado un montón de veces por el veintitrés efe, con los descendientes directos de los católicos creciendo sin parar y con los beneficios de la vida, he ido viendo como se me ha ido agotando y agostando lo que creía solo mío, hasta el punto de sentir que lo único que me quedaba era atizarme con canciones para poder escribir e incluso cambiar de ritmo. Pero se ve que no era la única. Se ve que el Andújar ya lo hacía. Otra cosa sería contrastar las discografías, pero eso es ir a lo intransferible, que es otra cosa. Lo intransferible no inventa nada en sí mismo. Solo inventa el contenido de la vida, pero no el método, que es aquello por lo que hasta hace unos días, siempre tan profunda, creía que era aquello por lo que ser humano se significaba ante los demás, aunque se ve que no.
El método es antiguo, las formas son viejunas y están maltrechas de tanto usarlas. Quién no lee la fórmula de las cremas de manos en sus momentos diarios de intimidad, se queda con la mirada fija en el blanco de la baldosa. Lo que más nos significa como seres humanos es lo mucho que nos parecemos. Las distancias se acortan con un camión de circunstancias sobre los cuerpos, pero el camino es el mismo. La ruta 66 o la ruta hipotecaria. Todos queremos estar bien, querer a nuestra gente y luchar por salvarnos de la infamia y la indignidad. Todos, menos ellos. El enemigo existe porque existe el amigo.
¿También se atizarán con canciones al escribir? Sea como fuere, el caso es que no sé por qué narices se complican tanto la vida con el divide y vencerás (el contenido siente impotencia y es tildado de ingenuo) si la vida, con el paso de los años, al irte desnudándote de peculiaridades, solo nos da la lección de la muerte, el carpe diem. La misma lección que recibo cada veintitrés efe a medida que se suman y es la que habla de que somos muy poquita cosa, y cualquier día del mismo día, tanto nos pueden poner una pistola en la sien como nos montan una fiesta sorpresa de aniversario, para luego quedarnos solos con nuestras canciones.
Y no sólo las escucho yo.

Paseos con mi madre de Javier Pérez-Andújar



Casi al final del libro “Paseos con mi Madre”, de Javier Pérez-Andújar, el autor nos sale al paso vestido con una chaqueta de piel negra que le regaló su padre y le lleva abrigando los inviernos desde hace veinticinco años. Mira que el tipo está presente en toda la narración y seguramente desde su esencia más pura, que salvaguarda sobre la Idea, liberando la palabra del lenguaje y creando un lenguaje que ya es clásico como dejó bien claro en su anterior libro, “Todo lo que se llevó el diablo”-, pero solo cuando aparece con la chaqueta puesta, lo notas, tímido como es, se levanta de la horizontalidad de las letras y aparece, rotundo, sonriente y encogiendo los hombros.
Y es que aunque hable todo el tiempo en primera persona, la poesía que teje lo deja (él hace que le deje) en un segundo plano.
Dirán que “Paseos con mi madre” es una obra menor en comparación con el mismísimo diablo de su anterior aventura, aunque a mí, ahora, me parezca que es lo mejor que ha escrito y escribirá jamás porque acabo de leerlo, de echar el libro a un lado y tomar el ordenador, todavía emocionada y con los zapatos embadurnados de barro del paseo.
Sabemos por la experiencia que cuando vamos apenas si percibimos que estamos yendo y yo sé, después de leer el libro de Javier, que hay tipos como él que saben volver sin tener que repetir el camino ni desdibujar demasiado la historia, a cuestas con una auto exigencia ética que le guía hasta la claridad, no la claridad del gurú, si no la claridad del chocolate espeso. Idéntica coherencia para la vida que para la obra. Inútil es decir que en la claridad uno también puede perderse y por eso, cuando no quiere embrollarse, Pérez Andújar, tira del sentido del humor, que es de Granada, la Granada de Lorca, pero más campesina, más currada, más pedrusco en la frente, tan definitivo y necesario como un ángel de alas plateadas.
A mí este autor, -que es medio hermano por vía de inmolación juvenil y porque, -dejadme fardar-, co escribimos un libro hace siglos con otra gente del postulado del instante (muchísimo antes de que el listo cansino de turno tradujera el carpe diem de marras) me da lo que ningún autor de aquí, desde la Moix y Marsé me habían dado y encima con la proximidad de unos referentes culturales gemelos.
Cómo no tengo ni idea de cómo se concibe una crítica literaria y aunque al empezar haya intentado formular una, os diré que “Paseos con mi madre” es un libro imprescindible para saber dónde vives, sea cual sea el lugar donde vivas.
Ni más ni menos, como quién dice que no te puedes perder a la Velvet Underground si quieres saber qué narices es la música rock, “la experiencia física del sonido, como la llamó Brian Eno, el músico y teórico.
Con Andújar, el chaval de San Adrián del Besós, el filólogo del ladrillo y la aluminosis, se cierra, de momento, el cupo de clásicos contemporáneos, pero han de venir más, porque si no todo lo que nace irrumpe en la agonía de crecer y mostrarse, como lo hace el pistolero Javier, siempre hay alguien que se salva de la quema, y no sólo a través del talento, si no a través del talento y el corazón, que es lo que ha llevado al rockero del hoyuelo en la barbilla a convertirse en el hombre de letras que ha de hacer justicia, al menos, a todos los de nuestra generación, que encima son varias y cada día más.

Tosiendo a una gran diva desde el palco




Acabo de meterme en el face y he leído, -para desentumecerme de tanta reflexión y del protagonismo bianual que toma mi riñón y me deja partida en dos-; un artículo que linkaba una mujer inteligente, cuyas sugerencias casi siempre me agradan. Pero hoy no.
Era un artículo de Enrique Vila-Matas y en él, el escritor reflexionaba entre los sentimientos y la falta de ellos en el "pequeñísimo" mundo de los autores literarios (hablaba, oh mon dieu, de artistas, y, evidentemente, se incluía)
A Vila-Matas, con cuyos libros he pasado momentos extraordinarios, se le está yendo la olla desde un patio de vecinos o donde sea que tenga encarada la cocina, de una forma muy cool, muy llena de información, pero de una forma que no deja ser la misma nociva manera en que se les está yendo la olla a ciertos políticos. Claro que Vila-Matas no ocupa cargo público ninguno, pero no deja de ser un hombre conocido.
A cuestas con la fantasía y la realidad, que es algo de lo que hablo mucho en estas entradas, el tipo asegura que no hay escritor que se merezca semejante nombre y posea sentimientos que no sean para ser depositados en su obra. Hay algo de exageración literaria en su artículo y un mucho de giliipollez, incluso cierto victimismo outsider piernas para que os quiero.
Vila-Matas presenta a los autores de libros y a los autores de escultoras que “valen”, como tipos ineptos para la vida, cuya intensidad depositan en la obra y que cuando se cruzan con gente capaz de demostrarlos, lo flipan como avestruces con las dos piernas levantadas.
Me temo que ya está bien de seguir alimentando fantasías de la gran y obscena individualidad que nos ha llevado hasta el momento presente. A mí, si un tío es muy buen escritor, pero es un borde, me pasan las ganas de leerlo, porque la bordez traspasa a la obra. Hasta hace unos añaos Vila- Matas me parecia un genio (y debe seguir siéndolo) hasta que un día dejé de comprarle por la gran oferta literaria y supongo que también por cansancio. Hoy en el dia de reflexión; calificativo de "aquella equivocada manera", el "ser especial" ha venido a subrayar un mundo en el que él se mueve como pez por el agua, el suyo propio, único, personal e intransferible. Como todos, si, pero haciéndose el derrotado de antemano para las cosas nutritivas de la vida. Me evoca a estos cantautores del gran nihilismo que en estos tiempos de indignación mayúscula no hay dios que los escuche y que en los tiempos del bienestar resultaban tan útiles para engrosar el diámetro del ombligo. Me recuerda al burgués que cuenta sus monedas o al niño que guarda las borrillas de la nariz en un bolsillo de la mochila.
Y evocándome cosas, echo en falta escritores que se mojen, no solo en su realidad de escritores, si no en la vida, vida. De Miguel Hernández a Vázquez Montalbán hasta Javier Pérez Andújar, cuyo nueva novela, “Paseos con mi madre” saldrá a la venta el día veintiuno, cuando el panorama político español estará más que decidido, el día en que muchos caerán, como la muchacha del artículo de Vila-Matas, arrodillados en el suelo, mostrando sus emociones, algunos a punto del delirio, mientras el totémico escritor los mirará para aprehenderlos y meterlos en sus páginas, cuando lo que debería hacer sería aupar a las muchachas que caen delante de él por las calles después de recibir malas noticias telefónicas. Igual la chica también lo leía y le gustaba tantísimo como hace unos años me gustaba a mí.
Cuando las miradas que determinan los ojos no hacen mover los brazos, los cuerpos se vuelven inertes. Las mentes se empobrecen y las ollas que se van toman el diámetro del ombligo.

Colombo

Ahora que había conseguido vencer mi propio sentimiento de culpa (léase responsabilidad adquirida) respecto a este blog y ya no me dolían prendas ni chichas al no escribir en él con la periodicidad que me fijé, llegan unos amigos (tres son multitud) cada uno con su teléfono a decirme, “Bonet, a ver si escribes algo”.
Ellos ponen el signo de admiración y yo me dejo vencer por la ternura nada algodonada de su gesto, no sin antes advertirles que vale, que bueno, que un blog es un blog y hay que mantenerlo vivo, pero no por obligación o por seguir las pautas que marca el “mercado” (sic) porque a cuestas con los mandamientos del marketing, en las dos últimas décadas, se han grabado discos, escrito libros, posteado blogs y realizado películas que solo han contribuido a embrutecer el nombre de su arte correspondiente. Hablo de lo de mentar en vano y hablo de escribir en un blog como de una bella arte. No me hace falta abuela, pero si.
Las abuelas hacen falta, mucho más cuando las has querido mucho, otra cosa es ignorar el rular del mundo y creer que van a vivir eternamente sólo para que sigan sirviéndote de referente.
A medida que te haces mayor, sabes y asumes (cómo algunos cretinos siguen los dictados del marketing) que los referentes se irán marchando, lo cual no te libra de la pena de su ida ni del vacío de su ausencia.
Así que ayer, después de las llamadas amigas, me puse a escribir un post sobre una tomatera, -una planta de la que crecen tomates minis, y que hasta hace una semana ha tenido una vida muy intensa-, cuando de pronto me enteré de la muerte de Colombo y me quedé plomo. Os lo juro. Oí que había muerto Colombo (no digo el nombre del actor, del hombre que lo forjó, por decisión propia) y me quedé noqueada.
Colombo no era mi abuela pero tuvo un inmenso papel en mi educación. Un puesto de honor.
Con la noticia de la muerte de Colombo, ya bloqueada, todavía intenté seguir con la narración de la tomatera, pero solo daba puntadas al aire, hasta que llegué a pincharme la punta del dedo índice de la mano izquierda con el alfiler loco, con lo cual, lamí la gotita de sangre fruto de la herida, cerré el ordenador y me levanté a buscar el libro Los Príncipes Valientes, de Javier Pérez Andújar, en el que habla de Colombo desde la página ochenta y nueve, tal y como me hubiera gustado haberlo hecho yo misma en aquél momento, sólo que él ya lo había hecho muchos años antes.
Me reconfortó leer sus palabras, y como ocurre algunas veces después de haber leído, me entraron ganas de escribir, pero la cautela, el sentido del ridículo y la total falta de compromiso con el marketing, me hicieron desdecirme.
Siento que hoy, en este blog de la crónica cotidiana barcelonesa de una mujer madura que viene del rock y la cultura popular y va a lo mismo, quedaría muy bien una entrada sobre Colombo, sobre la pérdida de referentes y la necesidad de dejar de fumar a partir de cierta edad, pero no pude hacerlo, entre otras cosas, porque ya lo está.
De los tres estados (amor, vida y muerte) que sugirió el poeta, escribir en la muerte puede hacerlo cualquiera.
El marketing incluso lo aconseja, pero para dar en el clavo y para coser sin dejar puntadas en el aire, hay que escribir en la vida o en el amor (es una afirmación vehemente para la que no necesito abuela) so pena de quedarse siempre en los lugares comunes y acabar embruteciendo de pena y ayees lo que resultó ser un chute divino de todo lo contrario.
Veo que no me he recuperado del bloqueo porque apenas si consigo trasladar lo que siento. Y lo que siento es que tengo que hablar de la tomatera, pero que no podía pasar por alto, -en este blog de la crónica pop-, la muerte de Colombo, la muerte de este referente que a fuerza de buscarse a si mismo iba desvelando las incógnitas de las miserias de los demás. Al igual que mi abuela sabía cuando trataba de mentirla.



Facebook juguetón



La ilustración está pillada del muro de Javier Pérez Andújar en el face. No sé a quién corresponde la autoría pero es verdaderamente un sueño. Estoy por preguntarle a una amiga que sabe de estas cosas, si la foto tiene resolución suficiente como para empapelar una puerta. Una puerta entera. Y que el pomo sea una mariposa. Una mariposa viva, pomo. Una mariposa viva, desobediente, pomo.
Vivir en el face (si no estás pillado) es como vivir en el mejor de los mundos. Tal vez no es un vivir real, pero la realidad, en su sentido abstracto, está para eso, para debatirla.
Si la vida en el face no es real, de lo que no cabe duda es de que existe. Y es una maravilla. Todo es educación, besos y abrazos. Basta pinchar” me gusta “si te gusta algo y abstenerte si algo no te produce ni frío ni calor.
Encima, a medida que crece la lista de amigos, se va creando un mejunje de personal muy especial. Y si encima se da la circunstancia que ya llevas bastantes años pisando las calles de la vida durante mucho tiempo y cada día nuevamente, acabas por tener casi todo tu tránsito vital sintetizado en una comunidad virtual, con lo que a mi entender es lo mejor de él; la gente con quién lo compartes.
El último verbo se podría conjugar en pasado. Y, de existir, en pasado reciente, en pasado, pasado y en pasado eterno. El verbo se podría llegar a conjugar en futuro, pero en eso es mejor no entrar porque de aquí a la superchería hay un paso.
La sorpresa es ver que en la cuenta de “amigos”, tienes personas interrelacionadas a las que nunca hubieras invitado a una misma fiesta, conocidos a los que no saludabas por la calle,- y que a partir de ahora vas a saludar-; gente a la que no conoces de nada, amigos de verdad y personas a las que siempre has respetado y nunca has llegado a conocer.
Uno de los últimos pequeños gran alegrones que me ha dado la vida, fue encontrar en el face, al tipo al cual le he robado la ilustración, al escritor Javier Pérez Andújar, que, por si no lo sabíais, viene del rock and roll, igual que viene del Capitán Trueno, de los cromos y de Valle-Inclán.
Fue Javier quién, tras colgar un vídeo de Tina Gil, me hizo recuperar el contacto virtual con una mujer cantante y compositora con la que en su día dimos vueltas a un disco suyo que no llegó a ver la luz. Javier glosó a Tina en su artículo del País del domingo. Se ha creado una gran rueda de reconocimiento que rula muy bella.
Aunque no me gusta generalizar, cuando lo hago refiriéndome a las generaciones, siempre digo que la mía, la nuestra, la de Tina y Javier (año más, año menos) no ha sido una generación muy ducha en ofrecer genios a la sociedad. O al menos, no en ofrecer grandes genios loados, subrayados y aupados. Salvo excepciones como la de mi hermano Juan Echanove, Luz, loquillo “el leyendas”, el propio Pérez Andújar y alguno más, no hemos sido una generación de oropel constatado por el fervor popular. Razones, haylas, pero es como lo de la realidad, un asunto para el debate, que no para perderse en él.
Con el face, por el face y a través del face...Por la cara y por los libros, acabaremos por dar a conocer a personas que si bien no han trascendido, si que nos han trascendido. Y encima nos seguiremos diciendo cosas bonitas que siempre vienen bien.
El día que asomarse al face no sea cómo asomarse al muro donde está el niño de la ilustración, pero con peña, y no siempre tan michaellandero, yo me daré de baja.
Hablo de este día para exorcizarlo. De momento, por la cara y por los libros, puedo soñar con mariposas desobedientes y juguetonas, pomos de puertas. Refrescar canciones y desobediencias. Asomarme. Jugar.