Entrada muy íntima y a bailar



Imaginando que el camino es recto, con luces, sombras, más la agonía del capitalismo y que de pronto se te cruza en la mitad un tronco en diagonal, es posible qué, como yo, pierdas la paciencia, empieces a sacar del saco un montón de palabras soeces y truenos rayos y centellas de un monólogo disparatado se sumen a un estado de ánimo de la gran queja, que sólo es necesaria para espolvorearse, como los pasteleros derraman azúcar glaseado encima de según qué tartas.
Digamos que la vida a la que me he referido es mi vida y que son míos o ajenos, pero están ahí, el tronco en diagonal y el grito en el cielo.
Digamos que a fuerza de espolvorearme en todas las direcciones me he llegado a cansar, y sentada en la orilla del camino he advertido que si hubiera añadido un pasito más a mi descalabro o hubiera alargado un pensamiento que me venía al huevo y del huevo procedía, habría empezado a ser injusta, cuando, al menos y hasta entonces, estaba brincado en procedente pataleta.
A veces me parece que llevo en hombros a mi padre. Siento que su moral de hasta ahí no, pequeña, a mi no me metes un gol así como así, va dictando mi proceder, con una suerte de justicia tan estricta la suya, que de buen seguro le hizo padecer mucho. De este modo, a medida que me alboroto la melena y estallo por los cuatro puntos cardinales, más el quinto, el de en medio, el de la ignominia actual, y cuando mejor me siento, bailando tó loquita el baile de la desesperación (un guiño a los 091, gran álbum) se me aparece mi padre con una falsa sonrisa de qué penita pena me das y termino por sentir igual que él.
Las cosas cómo son o cómo mejor se ajustan, pero nunca dispares las pistolas sobre un montón de dinamita y menos en casa ajena.
Mira que he tenido años para sacarme de encima a mi padre, pero se ve que no he podido ni habré querido y ahí lo tengo de vez en cuando convertido en alter ego, con lo que me gustaba que me subiera en brazos, cuando bastaban dos sílabas para que así fuera. Y el alter era el tú.
No voy a psicoanalizarme y no me gustaría tener que lidiar con pronósticos (el psicoánalisis barato tiene mucho de porra de partido de fútbol) fáciles, aunque a lo mejor lo son.
Igual justicia en lo social que en lo personal. Mira tío, serás mi padre, pero esto es imposible. Yo no puedo. Puedo, eso sí, poner el freno y no dar las culpas al Vaticano de todos mis males, aunque por cierto, en la Indigitamenta (localización: pueblo romano pre cristiano) la lista de nombres de las divinidades especializadas en realizar un acto simple dentro de un proceso, se decía que la palabra vaticano hace que el niño lance su primer llanto, mientras la palabra cuba le mantiene tranquilo en su cuna y Domiduca es la diosa que vigila que uno llegue a salvo a casa. Toma memoria que a veces es cultura y a otras es un coñazo que no viene a cuento.
Vaticano pues me ha provocado el llanto por el tronco en el camino, sin tener que ver con la iglesia del ídem. Desde niña y los llantos y desde la palabra vaticano y hasta hoy, he acostumbrado a cargar las tintas contra personas que si bien hacía tiempo que no andaban por mi camino, me iban bien para purgar, por el dolor que fué, el salto que me conviene dar, con la preparación, el entrenamiento y la gimnasia. Agilidad para poder volar cuál gacela sobre un inconveniente.
Habrá sido porque me he sentado, habrá sido porque ha venido mi padre o habrá sido porque las cosas son como son y nadie sabe muy bien cómo han de ser aunque haya un acuerdo tácito sobre ello según te vaya la vaina, pero el caso es que hoy, en lugar de ponerme a bailar sobre un cadáver y seguir alimentando un pesar con más pesar, en el callejón sin salida del gran odio transeferencial, he podido parar y venía a decirlo, chula de mi.
Y si yo puedo hacerlo no habrán de poder los demás, los que no tienen tronco. A falta de alter ego, alter Domiduca y a bailar sobre tierra firme, compañeros.

Brillante idea

Imagen pillada a Carola Vilanova

Si las palabras se las lleva el viento, que no se las lleva ¿Por qué reverberan ciertas frases cuando menos te lo esperas? Siendo más joven, al ir aprendiendo que todo es circular, o si no lo es, bien que lo parece, si me gustaba un chico que estaba enamorado de una chica de nombre Margarita, yo pasaba a odiar a las Margaritas todas, para acabar teniendo una amiga de nombre Margarita, la mejor y más generosa.
Esto y la falta de coherencia en lo personal de la gente que coreaba las canciones de Serrat, por poner un sólo ejemplo, fue, junto la menstruación cómo expresión corporal, como me planté en el mundo en mi primera juventud, además de, sin saberlo, ir practicando la religión de Numa, a la que despojé de su rollo puritano, con todo el egoísmo, con todo el placer.
Ir ofreciendo cada cosa, cada acto, cada palabra y cada viento, a una divinidad que voltea en las pequeñas cosas de la vida, me parece que es un recurso “natural” en el ser humano, y más que formar parte de un mundo espiritual, forma parte de la espiritualidad intrínseca en el ser humano, que a mi modo de ver sólo posee la oración del agradecimiento.
Para quejarse está el mundo. Hay nombres y apellidos detrás de cada queja, sólo que al jugar como juegan y confunden con las siglas, no los conocemos todos.
La queja es el acto que incomoda al que no tiene de qué quejarse, o muy poco. La queja, cómo el frío y las frases que reverberan en los momentos menos oportunos, estorban a quién anda por casa pensando en otras cosas. Unos chicos pasaban frío en una escuela y la que se ha liado ha sido parda. Al frío no lo tapa una manta. Si tienes frío en el alma y te dicen que hay quién lo siente en el cuerpo, se crea una transferencia. Y el que tiene frío en el alma golpea al que sólo lo siente en el cuerpo. Hay quién no soporta la vulnerabilidad ajena y mucho más si la vulnerabilidad es sólo a medias. Tengo frío pero me río y me toco el ombligo. Dadle fuerte. ¿Qué porqué?
Porque cortan las carreteras. El ribete final lo pone el New York Times y la Rahola, que tan “buenista” como es ( que se informe la mujer sobre quién acuñó este término que tanto le gusta) con toda la fuerza que le dio haberse encarado con los municipales que años ha se le quisieron llevar el coche, nos dice, a través de las páginas del periódico de Cal Pà i Seba, -donde también escriben gente de hacerles la ola y no parar que no mentaré para evitar comparaciones-, que lo que deberían hacer los estudiantes de la primavera barcelonesa es pagar entre todos, el coche que quemaron los revienta manifestaciones (Puig ¿No dice que los tiene controlados? ¿A qué espera para ponerlos a raya?) La idea de la mujer tiene delito. El coche quemado también. Instar a los estudiantes que se manifestaron pacíficamente a pagar los desperfectos de los revienta pelotas es una obscenidad de gran calibre. Puestas a usar la osadía como lo hace la señora de Cal Pà i Seba, siento que el coche lo deberían pagar todos los revienta manifestaciones que en el mundo (en este caso en la ciudad de Barcelona) hay. Los que apedrean con piedras y los que lo hacen con palabras. Los que pegan así y los que pegan asá. De modo que sería todo un placer y un acto de coherencia ver a la periodista de izquierdas (¿) abrir el monedero y fotografiar el momento en que hiciera la primera aportación crematística al coche churruscado, a menos que la propietaria haya vivido el gesto cómo una ofrenda al dios capitalismo, un poco Numa. Y como creo que esto no habrá sido así y no sé porqué me reverberan frases de artículos que no quiero leer y mis amigos de la logolalia me cuentan, cierro el círculo acariciando en la memoria la hendidura en la cabeza de un negrito, donde puse mis primeras monedas antes de ser quién soy, cuando me iba formateando el disco duro y aún creía que las palabras no se las llevaba el viento, que se las lleva.  

Perros de Barcelona



Déjeme ver su DNI, dijo el tipo sin mediar ni tan siquiera un saludo. Una amiga y yo salíamos del parque con nuestras respectivas perras atadas. Paramos al lado de un muchacho al que la policía había detenido después de dejar el parque con su perro, también atado. La salida es estrecha y el policía estaba ahí. Déjeme ver su Carnet de Identidad, dijo. Así, sin más. Su acritud, sus ojos incriminadores y una media sonrisa chulesca me hizo recordar aquellos tipos vestidos de gris que animaron la transición. Policía crispada. Déjeme ver su Carnet. No lo llevo encima, estoy paseando a la perra. Dígame su nombre. Oiga, unos modos ¿De qué se me acusa? De pasear al perro en un parque público. Mire la señal. Hay dos señales. Un perro tachado con una franja roja en diagonal y un pie con una pelota tachado de la misma forma. Los perros pueden entrar atados. Ni atados ni desatados, aquí no entran los perros, además “vosotras” lo llevabais suelto y lo habéis atado al vernos a nosotros. Esto es una suposición suya. Le ruego que no me tutee. Y siguiendo el caso que usted considera ¿Cree que habríamos sido tan bobas de salir del parque justo ahora en que está multando a este señor? Sí, siempre hacen lo mismo. ¿Siempre? ¿Nos vigilan? Si no tienes el carnet de identidad. Oiga, no me tutee. Si no lleva carnet de identidad dígame su nombre y el número. Se lo di. Mi amiga lidiaba con otro policía municipal. Imposible mantener un diálogo. Por mis cojones. ¿No me diga que me va a multar por ir por la calle con una perra atada? Es que usted no la llevaba atada en el parque. No puede saberlo. Desde aquí no ve lo que pasa en el parque. Me da lo mismo, en los parques no pueden entrar los perros, ni atados ni desatados. ¿En ningún parque de Barcelona? En ninguno. Los perros no pueden entrar en los parques, vaya al pipi can. No  hay ninguno en el barrio. Pues no tenga perro. Era tan bobo el diálogo y era tal la creciente impotencia por no poder conseguirlo que hasta la perra se puso nerviosa. Luego pasaron veintitrés minutos de reloj en que los tipos pasaron a hacer las investigaciones de rigor apoyados en las motos, así como la redacción de las multas. El que se encargaba de “mi delito” volvió y me dijo. Comprobada la identidad. No me has mentido. Que no me tutee, narices. Y deje de lado sus juicios de valor. ¿Los qué? Eso.
¿Cómo se llama la perra? ¿Es preciso dar este dato? Si y no me toque los cojones. Oiga, no tiene por qué hablar con palabras soeces, me he limitado a preguntar. La perra se llama Rumba Flores Catalá. ¿Sexo? ¿De la perra? Si, ya me estás molestando. Deje de tutearme. Femenino. ¿Sexo? Femenino. ¿Es perra? El silencio como respuesta. En la parte superior de la multa que ahora tengo yo aparece escrito el nombre de la perra. El policía escribió Rumba Catalá. Pasó por alto el Flores. Aquella fue la única concesión a la coña que me permití durante el brete. Me gusta ver hasta dónde pueden llegar los seres humanos solitos, con su propio pie. Ya no es la policía local de hace unos años. Estos dos no lo eran. Seiscientos euros. ¿Quiere firmar? No, no estoy de acuerdo. Y ahora váyanse. ¿Irnos? ¿De la calle? ¿No tenían tanta prisa? ¿Y a usted que le importa? Basta ya. ¿Pero quién se ha creído que es? Pone multas basándose en suposiciones y encima me va a decir lo que tengo que hacer. Por un momento el tipo notó que se había extralimitado y se largo riéndose y acariciando la porra.
Todo ocurrió a la salida de un parque en el que no juegan los niños, un parque que es un cuarto de isla del ensanche barcelonés que lleva el nombre de Mercè Vilaret, la primera periodista catalana que tomó la imagen como modo de expresión para su brillante trabajo. La conocí poco pero muy cordialmente. Y también conocí a su perro. La enredadera del parque sólo sube por la tapia en la que está escrito el nombre de la realizadora de televisión, ahí aguanta fuerte, en los otros lados se seca y muere.
Al cabo de dos días de esta triste anécdota (por hoy) he pasado por el mismo lugar y me he encontrado al tipo que paseaba a su perro, al que le endilgaron la primera multa. Me ha dicho que ya había pagado, no piensa en recurrir. Pagando rápido sólo te cuesta la mitad del importe total. ¿Sólo? ¿Pero qué has pagando? Es la ley, me ha respondido. ¿Llevar un perro atado en un parque y tener que pagar trescientos euros (la mitad) es acatar la ley o seguir generando injusticia? El tío ha enmudecido. Yo no. No sé como resolveré la redacción con la que impugnar la multa. Me ha dicho que primero hay que pagar y luego impugnar. ¿Pagar la intransigencia de un policía que cree haber visto un perro no atado en un parque? ¿Pagar el qué? 
Podrías pagar tú las tres multas. ¿Yo? Si, tu, pedazo de bobo. Y también puedes confesarte autor de todos los autos que se imputan a Urdangarín.
Entre el policía del tuteo y el memo de la ley me quedo sola en la isla desierta. Y luego dicen que no, que los policías son demócratas y ya no pegan. Juro que de poderlo hacer, aquél tipo de anteayer me hubiera abofeteado. Le sacaba de sus casillas que no me fuera de las mías. Un botón no es toda la intendencia de una modista, pero hay botones con cantos de vidrio. Seiscientos euros para pasear a una perra. Otra vergüenza de una ciudad que sigue hiriéndose a sí misma, de una sociedad crispada, de un mundo a la deriva. No pagaré la multa por nada del mundo, pero espero entrar en la cárcel unos días después de Millet.  

Veintitrés efe



Cuando me siento a escribir porque he dejado de hacerlo por unos días, y en este caso, emocionantes días; con fiesta sorpresa de aniversario incluida, más las felicitaciones del face y el iris del ojo del enemigo brillando por la cerradura. Cuando esto o cuando no, vayan como vayan las cosas, pero casi siempre, cuando me siento a escribir y no me sale nada, me pongo un disco, me atizo la emoción y empiezo a caminar por las palabras. Sigo el hilo rítmico y el hilo melódico, sumo mi desbarajuste o mi asertividad personal al globo, y hala, a sumar frases.
Cuando termino parece que me hayan sacudido como una alfombra contra la verja de un balcón un sábado por la mañana y me siento más descansada.
Perdonad lo autorreferencial del post, pero es que todavía no he bajado del veintitrés efe, el día en que nací, mucho antes de que aquellos descendientes directos de los reyes católicos nos pusieran la pistola en la sien. Hoy no he necesitado disco. Hoy ya tengo bastante con mi canción.
El caso es que hace unos días, en la red, leí una entrevista a Javier Pérez Andújar en la que decía esto, que se valía de las canciones para escribir. Al leerlo me mosqueé. Joder, estos genios de dios y de madonna te pillan hasta los recursos...
A medida que pasan los años, con los veintitrés efe como referencia puntual, una va aprendiendo que nada de lo suyo es distinto de lo de los demás. La edad te va democratizando en el sentido literal y generoso del término, y vas advirtiendo (al menos yo lo siento así) que todo lo que creías único y “tan” peculiar, no lo has inventado tu ni Roberto Carlos.
Y como sea que es que ya he pasado un montón de veces por el veintitrés efe, con los descendientes directos de los católicos creciendo sin parar y con los beneficios de la vida, he ido viendo como se me ha ido agotando y agostando lo que creía solo mío, hasta el punto de sentir que lo único que me quedaba era atizarme con canciones para poder escribir e incluso cambiar de ritmo. Pero se ve que no era la única. Se ve que el Andújar ya lo hacía. Otra cosa sería contrastar las discografías, pero eso es ir a lo intransferible, que es otra cosa. Lo intransferible no inventa nada en sí mismo. Solo inventa el contenido de la vida, pero no el método, que es aquello por lo que hasta hace unos días, siempre tan profunda, creía que era aquello por lo que ser humano se significaba ante los demás, aunque se ve que no.
El método es antiguo, las formas son viejunas y están maltrechas de tanto usarlas. Quién no lee la fórmula de las cremas de manos en sus momentos diarios de intimidad, se queda con la mirada fija en el blanco de la baldosa. Lo que más nos significa como seres humanos es lo mucho que nos parecemos. Las distancias se acortan con un camión de circunstancias sobre los cuerpos, pero el camino es el mismo. La ruta 66 o la ruta hipotecaria. Todos queremos estar bien, querer a nuestra gente y luchar por salvarnos de la infamia y la indignidad. Todos, menos ellos. El enemigo existe porque existe el amigo.
¿También se atizarán con canciones al escribir? Sea como fuere, el caso es que no sé por qué narices se complican tanto la vida con el divide y vencerás (el contenido siente impotencia y es tildado de ingenuo) si la vida, con el paso de los años, al irte desnudándote de peculiaridades, solo nos da la lección de la muerte, el carpe diem. La misma lección que recibo cada veintitrés efe a medida que se suman y es la que habla de que somos muy poquita cosa, y cualquier día del mismo día, tanto nos pueden poner una pistola en la sien como nos montan una fiesta sorpresa de aniversario, para luego quedarnos solos con nuestras canciones.
Y no sólo las escucho yo.

Supertrampa

Él Hogdson hoy en día. Entonces llevaba barba.

Como sea que a veces me satura la queja, y nunca la víctima y nunca el grito y nunca la lucha y nunca la injusticia, me voy a los momentos del reír y el distraerse, que no cesan ( y que no cesen) y me enredo en el carpe diem cual existencialista vestida con colores parchís.
De guasa me pilló estos últimos días la defensa (el verbo es defender, casi nada) a ultranza, que la músico Marina Espada Sisteré hizo de Supertramp contra mis exabruptos hacia la misma (la banda) cuyos atributos musicales puedo llegar a intelectualizar y hasta detallar por escrito, pero no los puedo sentir, qué quieres que te diga, es que me da urticaria.
Hay algo en el picor que viene de lejos y forma parte del embolado, de la actitud, del sueño del rocanrol, del que no pienso deshacerme. Hablo del sueño, no del rocanrol.
Y con la guasa y la guasa, vino mi Jordi Rabal, amigo desde un poco antes del estallido del acné, a recordarme la que servidora lió con los Supertramp, para goce personal y de sus amigotes, hace mogollón de años, cuando la dichosa banda vino a actuar por primera vez a Barcelona.
Juro que me acuerdo muy bien de mis hazañas (tampoco son tantas) ni soy de las que callan humildemente sobre estas cosas de la vida, pero ahí, en lo de Supertramp, se me había hecho un agujero justo en mitad del pensamiento.
La cosa es que cuando la banda de marras aterrizó en Barcelona, sus canciones ya se podían escuchar en todas partes. Desde Tres Torres a Badalona sin tener en cuenta nada de todo por lo que tanto estábamos bregado (sic) Ni el calado, ni la actitud ni el rocanrol.
Sus temas venían a edulcorar el mundo entero atribuyéndose el nombre de un género musical que algunos no queríamos soltar así como así. Y como en la redacción del Popu a nadie le gustaba Supertramp o porque yo era la recién llegada o para putear mi vehemencia adolescente, Bertha me mandó a entrevistar a Roger Hogdson, sabiendo muy bien que la orden me sentaría como una patada en el culo. O peor. Niño ¿no te gusta la sopa? No te preocupes que mañana viene a casa el tipo que la inventó y cenará a tu lado.  
Recuerdo que le dije a Bertha (lo recordé porque Jordi Rabal, que siempre estaba ahí, me lo recordó) que no quería entrevistar a aquél tipo que hacia música para ascensores. Se ve que lo del ascensor al Jordi le hizo gracia y lo ha mantenido en su disco duro un “fotimé” de años.
Pero Bertha no dio su brazo a torcer. O le entrevistas o te largas. Eso lo deduje yo que acababa de llegar. Y fui. Fui al Princesa Sofía, vaya pedazo de hotel feo, pero que muy feo, el más feo hotel de los hoteles de entonces, donde se hospedaba el nuevo líder mundial de las emisoras de radio de los ascensores. Encima, el hombre no tenía el engreimiento entrañable y sin pasarse de algunas rocanrol stars, ni estaba absolutamente desquiciado, ni era simpático, ni amable, ni mantequilla, ni tulipán, de modo que la entrevista resultaba de lo más soso dado que yo tampoco le podía transmitir ilusión ninguna hacia su trabajo, que es así como hacíamos las entrevistas entonces. Fuera me esperaban El Torete y el Sergio con quién, a la noche, iría al Trauma o al Psicosis o al Puñales, no me acuerdo, culminando una gira de delincuentes por discotecas a lomos del bueno del de la Loma.
Quizás fue la influencia de mis nuevas amistades, pero viendo que la entrevista no iba ni para atrás ni para adelante la di por concluida no sin antes preguntarle al músico si había oído hablar del aviso de bomba bajo el escenario del Palacio de Deportes y que la policía había desmentido.
La bromita tenía lo suyo, mucho más en plena transición, pero bueno, lo dejé caer, no fuera que los Supertramp no hallarán motivos para decir que habían ido a tocar a África cuando sí habían ido a tocar a África, qué caray.
De ser un buen músico, el Hogdson, y suponiendo aquella máxima nunca cierta de que lo emocional y el talento van íntimamente ligados, habría mandado que me sacaran inmediatamente de su presencia o me habría pegado una colleja o se habría sonreído, pero no lo hizo, se quedó blanco como un cirio y yo escribí una buena entrevista y crónica que molestó un poco a Gay, pero no como para quedarse sin entradas a sus misas.   
Os he contado una batallita, no porque no tenga material humano del hoy y el ahora, no porque no falten bombas ficticias que poner y sacar, si no para advertir a los músicos como Marina y demás peña de añadas jóvenes que no traten de convencerme de algo de lo cual yo misma podría convencerme si tuviera ganas, que nunca las tendré, o de lo contrario perdería las ganas de seguir liándola, de seguir jugando.

Echar de menos


Así que a media mañana me meto un ratito en el facebook solo para fisgonear, con las prisas y el sentimiento del escolar que entre clases abre el cajón de su pupitre y acaricia el tirachinas, y me encuentro entre las llamas de Grecia y los vídeos que algunos colegas han colgado rememorando el aniversario de la muerte de Carles Sabater. Giro la cabeza y aquí está también, como siempre, colgado en la pared del mismo lugar donde escribo, fumando un cigarro, levemente distraído pero con la mirada fija a la cámara. Según como entras por el pasillo parece que te sonría. Otras veces está serio de frio siberiano y las demás, a cuesta de asomarme y esconderme, logro sacarle una sonrisa que imagino cierta, buscando una complicidad que me haga sentir acompañada.
Este ejercicio, tan infantil como reconfortante, tan mentiroso como verdadero, me viene dando alas desde hace trece años. Trece años que son un montón y para mi hija, por poner un ejemplo, no son ni la mitad de su vida. El tiempo, el gran majadero que nunca se rebela ni se cansa ni se va de vacaciones se ajusta como un plomo a los afectos que la muerte no mata y ahora mismo me tiemblan las piernas con los mismos gusanos de cuando el amigo se fue, de golpe, el mejor amigo en lo cotidiano, el buen, gran hombre, que siempre daba positivo en amor. No santifico a los muertos, pero este tío era así. Se lo decíamos en vida. La Laura, su mujer. Y servidora, su hermana. No se puede ser tan bueno. De bueno, tonto. Es que vosotras. No, tu, tu. Luz de luces. No en vano lo sigo teniendo colgado en la pared.
Hablar de muertos vende. No de vender artículos, si no de tocar la fibra y no venía a eso. No venía a nada. Hay algo en los afectos todos, que al mostrarlos, me hacen desafectarme, no porque no los resista (o quizás también) si no para que no se me vea el plumero.
Cuando echas de menos a alguien, el echar de menos se convierte en abstracción. Al menos a mi me pasa. Del sentimiento intransferible de echar de menos a A, paso a echar de menos todo lo que he ido perdiendo en esta vida, para, en un click (Viva Manara) pasar a echar de menos en concreto y de biografía reciente a los vivos con los que no me he puesto de acuerdo pero que sí.
Dan ganas de gritar. Ey, memo ¿No te das cuenta que estamos perdiendo el tiempo? Pero es sólo un instante, una intención que muere antes de ser pronunciada, una caricia al tirachinas, un gesto vacuo. Para todo, menos para inventar sonrisas a las fotos de los muertos, tenemos que ser, como mínimo, dos.
Y eso es lo que echo de menos en lo personal y en lo social, la suma, la vida toda. 

Rabia (2) y guiñoles


Señores del guiñol francés de canal plus; dejen de mofarse de nuestros deportistas y manufacturen inmediatamente cuarenta y cinco millones de muñecos que vengan a representar, -cien mil arriba, cien mil abajo-, el censo de habitantes de nuestro país. Cuando los tengan confeccionados como ustedes saben hacerlo ( pueden encomendárselo a Paco Rabanne, Francisco Rabaneda de nacimiento y de origen vasco) pongan un montón panza arriba; los del Poder Judicial, los del Poder Poder, los del Santo Poder, los que no entraran jamás en el reino de los cielos porque no hay aguja que enhebre tanto camello y dirijan sus caretos dirección islas Caimán, de donde habrán de salir  otros muñecotes viles, un Franco resucitado con Fraga Iribarne haciendo palmas y así hasta que se vomiten de hacer gente sucia con trapos empapados de sangre.
Pongan otro montón de guiñoles panza abajo, cerrados a cal y canto en sus casas. Jaulitas de aluminio hacendadas y pájaros enjaulados.
No dejen de confeccionar la indiferencia para la cual habrán de usar un hilo de triple vuelta y costureras avezadas a mover la tela de las cosas con la fuerza de sus manos. Si van justos de peña, les podemos mandar un buen tropel de mujeres y hombres currantes y feroces. Tengan a bien comunicárnoslo.
El último montón, unos cuantos millones de muñecos, háganlos con los rostros desencajados, el cuerpo con tela de arpillera y los pies avanzados respecto al cuerpo, como para salir a la calle todos juntos con un grito de hilo de caña de pescar en las gargantas.
Dejen unos cuantos trajes de confección para un cacique de chiste del tebeo envenenado, en un balde de la ropa sucia, y esperen nuevas órdenes si es que antes no les atufa el edificio entero de la televisión y tienen que evacuarles.
Del mismo modo, dispongan una toga negra de jurista a los pies de la Virgen de Lourdes y mándenos un dossier completo y detallado de su historia con la monarquía.
Después de haber manufacturado pacientemente pero en un solo día los cuarenta y cinco millones de muñecos, entierren el material sobrante en el suelo. Hagan una fosa común con los destrozos, no teman represalias.
El pueblo español les agradecerá la atención. No lo tomen a guasa. No estamos para tontadas. Tenemos el alma partida y si nuestro gobierno les insta a dejar de mofarse de nuestros deportistas, nosotros, el pueblo al que tratan de dopar, les pedimos encarecidamente que empiecen a mofarse del deporte nacional del gran fascio y nos hagan guiñoles, nos den sustento, chauvinismo y entidad, mientras intentamos soportar tanta inmundicia.

Rabia


Blackmore en acción

No he estado escribiendo aquí porque escribía (y hacía otras cosas) allá. Y de lo que escribía allá, la mitad no ha valido la pena, porque el fecundo artículo sobre machismo y rock que me mandaron escribir para publicar en un excelso medio, al final no se va a publicar porque no me ha dado la gana hacerlo sin cobrar un céntimo o sine die, que es lo que pretendían, aunque este no fue el trato.
No voy a entrar a contar los intríngulis, pero si el estallido final, concretado en la voz de un cretino servil, que desde el otro lado de la línea telefónica, me instaba a que publicara el dichoso artículo con la condición de cobrar el día que la crisis lo convenga y con la ventaja de poder recuperar un “prestigio” (mío) que según el bestia, se ha ido “diluyendo” a fuerza, supongo, de no publicar sin cobrar.
Voy a obviar, también, la conversación con el memo correveidile de un grupo editorial por los años que viene desgañitándose por él (el grupo, la abstracción, el poder, la empresa, el prestigio) en lugar de desgañitarse por sus compañeros de profesión.
Entro a contar la anécdota bastante descansada porque ya he sacado los sapos por la boca. Hay que vivir el amor y hay que vivir el odio. Déjate sentir la rabia. Es que no te dejas. Esto último me lo decía mi psiquiatria por teléfono hace pocos meses y es algo que me viene diciendo cada cuanto tiempo si se dan situaciones de las manos en la cabeza y somatización aguda. A ver si después de esta vez, la mujer que vela por mis TDHA´S y TNT´s emocionales me pone matrícula de honor porque me temo que he sentido la rabia como grieta de Tàpies ( adèu, mestre) mientras veía mi prestigio precipitarse por un peñasco de inanidad atrapado en la trampa de las ratas más viles.
Dejo de apurar el mal rollo porque luego me muerde la serpiente a mí y ya tengo bastante con las manos cortadas del frío ambiental.  
Para no desaprovechar lo escrito voy a imprimirme el artículo sobre una tela blanca que compraré en Ribes y Casals y me haré un chaleco en el que se podrán leer frases de esta guisa. El rock es intrínsecamente machista. Cuando los que empezamos a hacer de este sueño una profesión (que hoy día es un mero recuerdo) los tíos no toleraban que una mujer pudiera escribir sobre aquello que consideraban suyo. Liga menos una mujer que escribe sobre rock and roll que una tía que escribe sobre zapatillas deportivas. Cuando trabajas de A&R para una compañía discográfica y te vienen con una maqueta, si no te gusta su contenido es que no has entendido nada por hembra, y se te gusta es que te quieres tirar al cantante. Todo así, sin pasar por el chino, con el descaro y la desfachatez de los taxistas que hacen monólogos, sintiendo la rabia que es el desprestigio humano según san zen.
Después de este grito desgarrador heavy metal atronante en el que añoro los quehaceres de Richie Blackmore en los escenarios rompiendo guitarras a ostia limpia para algarabío de sus fans, volveré mañana, más correcta, a escribir en el blog, deseando que lo que me ha ocurrido sea un caso aislado, un último conato machista y agusanado de cierta prensa musical, dirigida por hombres, acotada por machos que gozan de gran prestigio, dicen diego donde habían dicho digo, buscan acólitos con pinga y vomitan en los backstages lo que se comen en la vida diaria.
Que sí, que me van a dar matrícula de honor. 

Escandaloso

                                                                        De Esteban Villalta

Esta mañana, al salir de la trinchera de la cama, incluso antes del aseo y del desayuno, al abrir desde la red, la sección meteorológica del Periódico de Catalunya he tenido un pasmo. El diario hablaba de la ola de frío siberiano que se nos ha posado encima, advertía que había que desalojar los colegios, dar techo a los sin techo, dejar los coches aparcados y mantener el alma en vilo hasta nueva orden porque, y cito textualmente, “las temperaturas pueden llegar a ser de escándalo.” Toma lírica de pijo exhalado y perturbador en toda la frente y a modo de buenos días.
El frío de afuera, que es bastante, con la nieve en las colinas, los niños en casa, los abuelos asustados, los virus aplaudiendo, el pavor desconcertando y los maledicentes atolondrando, es proporcional al frío al que las almas se ven expuestas durante estos últimos tiempos, dejando de lado, faltaría más, las almas calientes por las que tanta gente ha de arder y trabajar.
Desde que aquella santa post victoriana nombrara lo de la habitación propia, nunca, al menos en los años que componen mi biografía y de un modo tan escandaloso, han ido desapareciendo las habitaciones propias de las casas humildes de un modo proporcional a los robos que los poderosos van perpetrando mientras lo son. El escandaloso plural nos conduce a poder generalizar, de modo que el límite entre lo dogmático y el dogma, otra vez se lo han saltado ellos pero el dedo nos sigue señalando a las lenguas de a pie de calle.
Con lo del frío, los chicos de Protección Civil están haciendo un buen trabajo. Nos meten en nuestras casas y a poder ser debajo de la cama. No es fácil acostumbrarse a sentir que quienes nunca han velado por ti lo hagan con tanto esmero y solo porque esta vez el grito llega de Siberia. Con el buen tiempo volverán a intentar echarnos a patadas de las casas.
Es triste darse cuenta que sólo las inclemencias de la naturaleza nos hermanan. Cada vez que la pobre madre tierra agonizante se subleva, se oyen sus palabras: “Sólo os tenéis a vosotros. Ya os lo montaréis”. El escándalo es enorme, pero contemporizando y volviendo a lo de esta mañana en el Periódico, abogo ante la dirección del diario a que cambien inmediatamente de sección a quién haya redactado el informe sobre el efecto del frío en los huesos y lo pongan ya mismo al frente de la sección de economía ( una sola tajada de desolación confusa en toda la frente) si es que el tipo es incapaz de discernir los límites entre el frío del cuerpo y el del alma, como me pasa a mí ahora mismo.

Oración a santa Ocaña (y dos)

                                                                      Foto de Colita


Santa ocaña del cielo libertario/ mándanos una lluvia de abanicos/ que alivien los sofocos/ Y a los otros/ les ponga la yugular en duda y ascuas.

Guarécenos en los gasas de tus manos / y enséñanos a usar lo que tenemos / antes de que en la mesa camilla/ De la tele, suplamos los deseos.

Que los topos de tus trajes de reinona/ caigan como piedras y se cuelen/ en la grietas de esta España que da asquito/ a la que tu plantaste cara y pito/ convirtiendo el negro en primavera.

Que tus cejas de leer en todas partes/ sean nuestros arcos de victoria/ el día que miremos al vecino / con los ojos de mirar a nuestros hijos.

Que tu cuerpo y tu alma sean uno e indisoluble/ así darás alegría hasta al clásico / Platón y su sueño/ Y en la calle / tu estela y el sueño de alcanzarte.

Santa ocaña de Ramblas y floristas / que los hámsteres afilen sus colmillos / y venga la razón de jesucristo/ la que cuando niños nos contaban / la del jipi / que se lo hizo contigo.

A currar cada día con tus soles / ardiendo entre la coherencia y los sentidos/ santa ocaña no nos dejes solos / aunque si no lo hiciste en los ochenta / es probable que ocurran los milagros/ santa ocaña que moriste y nos mataste / mándanos un poco de vidilla / Por tu boca los gritos de vehemencia / extienden, en un soplo, la alegría.

Neurosis, volcanes, sopa, caldo y prisa


Un rato del pasado fin de semana, una amiga que se había largado a pasar el fin de año a la vera de un volcán etíope (hay gente para todo) me enseñó las fotos de su excursión y entre ellas vi unas maravillosas y no pude dejar de exclamar ¡Cuánta belleza! Dan ganas de bañarse en este rio verde que te quiero verde.
La amiga, rápida, me respondió: Si metes un dedito aquí te quedas con el huesecito y nada más. Usó el diminutivo tratando de contrarrestar los efectos devastadores de lo que a mí me pareció bello. Es ácido, nena ¿No te has dado cuenta?
No, no me había dado cuenta, quizás porque, que recuerde, lo más cerca que he estado de un volcán es en el interior del de la Garrotxa comiendo un bocata en mitad del agujero con los compañeros de clase y muchos años ha.
Siguiendo por los caminos de la belleza y sus efectos devastadores, no pude dejar de decirle (es muy amiga mía, sólo que tiene formas extrañas de celebrar las fiestas) que hasta hace bien poco y cada vez menos, me seducía, hallaba belleza en cierto tipo de gente “mala” malota, de maldad muy herida la suya, a sabiendas de la herida y las espinas y precisamente por ellas y mi soberbia. 
La amiga volvió a su agilidad mental habitual concluyendo mi confesión con un: Esto es la neurosis (A espuertas de los confesionarios, los confesores deben pasárselo chupi o muy desesperanzador)
Repliqué diciendo si se refería a su neurosis o a la mía. Lo hice solo para contraatacar y darme tiempo para meterme en la mollera que eso es lo que hay que asumir al hablar, que te pueden responder lo que no quieres oír.
No habría hecho falta que ella me dijera que también era una neurótica, pero lo sentí como una delicadeza por su parte. No habría hecho falta porque ya no me alivian los pecados o virtudes ajenas sobre los ídems míos, pero bueno, fue todo un detallazo neutralizador.
La vida no está para darle mucho al perico al torno de las neurosis, pero ahora que me siento para el post, me ha salido la anécdota de corrido. Tan de corrido, que creo que ni tan solo la he tecleado yo, que lo ha hecho mi neurosis por mí, siempre dispuesta a entrometerse en todo.
No hallo moraleja en todo este sermón, pero si le diera al magín me saldría más de una, un montón de lugares comunes.
Saber que mi consideración de belleza así cómo aquello, aquellas y aquellos que me sedujeron y han conformado buena parte de mi biografía, fueron elegidos por mi neurosis vuelve abrirme un íntimo debate que se resume en una pregunta y muchas posibles respuestas ¿Qué queda cuando a un ser humano le despojas de todas sus miserias y su contrario? ¿Un blog en la red? ¿Un archivo de fotos volando? ¿Un número de teléfono?
Sea lo que sea que quede, si quedan canciones, películas, obras y obritas de arte que nos seducen por curiosidad neurótica ( o no) paguémoslas. Si le seguimos dando sopa o tazas de caldo intransigente a la belleza, se nos quedará un alma de hueso entre tanta lava de volcanes del poder.

Baladón rockero


Foto "pillada" A Esteban Villalta

Al terminar el poema seguí el caminito libre que dejan los versos y me subí a un barquito para todos los públicos, una especie de Golondrina de estas que hacen un pequeño recorrido por la orilla del puerto de Barcelona y luego te dejan a la altura de los pulmones de Salvat Papasseït hecho estatua.
Ni besé al barquero en la boca ni me rompió la enagua un golpe de timón, solo estaba ahí, de pie, mirando al mar, cómo Jorge Sepúlveda lo hizo mientras vivió, desde los entarimados de las fiestas mayores de los pueblos de secano.
Mirando al mar, siguiendo el hilo de uno de tus poetas preferidos, me acordé de ti y de aquellos pocos días en que trotamos en un mundo hecho para la automoción. Ni un impulso incontrolado de tirarme a tus brazos ni ganas de averiguar tu dirección de Skype, si no un montón de setas debajo de un árbol y la consiguiente prescripción facultativa: Son un espejismo.
No soporto pensar que he perdido el tiempo. Llámame orgullosa o llámame, pero no lo soporto. Claro que tú no parabas de bailar rock and roll y no podía ser de otra manera. No podías oír. No escuchabas. No atendías. Todo lo prejuzgabas según la letra del rock de la cárcel y en mitad del mar, mirándolo, siguiendo los hilillos de un poema que quería escribirte, me fijé en una foca de piel acharolada. Entonces me subí a la cola de un cometa y comenzó otra historia, otra canción, nuevas recetas.
Tú ya no estabas, pero a ella le hablé con gestos de ti.

No era cierto


Pastel de Cristian Escribà

Así que no es cierto que a Fraga le mató Messi de un balonazo como me dijeron que ayer noche celebraba un friki con la camiseta del Barça, en Canaletas y al grito de goooool. Ni es verdad que lo que sonaba en mi aparato de música cuando llegó a casa mi hija fuera una improvisación de la Orquesta Maravella, cómo ella misma dijo, desafiante, si no el Grand Wazoo de Frank Zappa. Y tampoco es verídico que el artículo que ayer escribió la Montero (otra vez) sobre Fraga no era una segunda parte sobre la historia del negro que deja comer en su plato a las rubias, si no el panegírico del hombre que se reinventó a sí mismo y apadrinó la democracia después de haberse manchado las manos de sangre.
¿O tampoco es cierto que Fraga tuviera nada que ver con tantas muertes, con tantas indignidades, y el gallego es en realidad el clon de Fidel Castro, un esqueleto en chándal, unas intenciones disuasorias sin barba y sin condón?
Quizás tampoco es muy preciso lo que se dice que dicen que nos ha robado Iñaki Urdangarín y la pobre Infanta, incauta, en la inopia, llora en la torre más alta del castillo la ausencia del amor al que pretende ver llegar montado a caballo y surcando el viento como una fan más de Pablo Alborán.
Sería preciso saber las cosas como son, o si no, que inventen algo para quitarnos el pensamiento para elucubrar; por ejemplo ¿A qué sabe el agua cuando te enjuagas la boca después de haberte lavado los dientes? ¿Si se puede considerar bajar el precio de los transportes públicos por qué no lo hicieron desde un principio, debiéndose como se deben (Oh Ayuntamiento, Casa Grande) a lo público?
Sería mejor saber de una vez por todas si los malos son malos o los malos se reconvierten a la misma, imposible velocidad, en que lo hacen los yonquies al volver al barrio o los mata perros contritos al pisar, nuevamente, los pasadizos de la granja.
Estaría bien saber si la vehemencia es, como dicen, un don que se confiere entrada la madurez (por lo visto no llega a todos) y ahuyenta la vehemencia de ayer hoy y siempre, agranda los puntos de vista y te lleva a poder reescribir la historia sobre aquellos que nos pisaron los callos, nos mataron la familia y nunca pidieron perdón.
Pedir perdón es necesario, mucho más que pedir el turno, aunque un cambio de turno pueda conferir un perdón eterno a los que jamás lo pidieron, sobre quienes estaban esperando, en fila, uno tras uno, a que les sirvieran el pan que se habían ganado con el sudor de su frente.
Pobres vehementes nosotros. Almas arrojadas al vacío de la duda y la afirmación. Insistentes seres a quienes cualquier cosa puede desvelarnos del sueño más profundo, amantes de las cosas como son y el sueño de cambiarlas. Agradecidos humanos que creemos que todo es posible con el escepticismo de los que nunca fracasan porque siempre seguimos avanzando, contentos por los goles de nuestro equipo e incluso por las desconsideraciones musicales sin son ingeniosas, que no hacemos del perdón un arma con la que relacionarnos, sino todo el pastel contrario.

Beneficios de la risa


Rollo Sixtie


La capacidad de reírse de uno mismo, del muerto y de quién lo vela, es la fuerza que hace rodar el mismo torno de alfarero que ha de construir un cuenco en el que se ha de depositar el agradecimiento, los hurras los bravos y el qué bueno que viniste a este mundo con tus cosas.
La risa aplaca las consignas, las pone en brete, las critica, para luego subrayarlas a puñetazos en las rocas o dibujarlas en los pétalos de las flores. De los lugares más áridos a los más amorosos.
Sin la risa (y no están los tiempos como para) quienes quieren mantener el mundo al revés lo tienen más fácil al martillear clavos a diestro y siniestro que no son otros que los que habrá de sufrir la pasión del pueblo.
Reírse en su cara, reír por cualquier cosa, reír en silencio y echarse a reír en los obituarios, en las ceremonias y en los desfiles es muy sixtie y es muy necesario. Lo de sixtie lo he dicho avanzándome a esta gente que todo lo de índole social lo reduce a sixtie, desde un poema a un grito de desolación. Estos que odian las manifestaciones emocionales de más de dos, aunque sea para brindar por la victoria de un equipo de fútbol, como antaño la policía no toleraba un grupo de tres personas charlando.
A ellos, pobres snobs, más antiguos que el nihilismo feroz de Adán en la caverna, no les dedico este post, pero los recuerdo, no fuera que acabaran por invadir el espacio que ahora necesitamos para todos.
Con la risa que mueve y alimenta y desde la seriedad que esta confiere, podremos seguir poniendo en tela de juicio todo cuánto nos quieran hacer tragar por aquí por allá y por cuyá y, sin embargo, solo esta risa nos dará el grosor del lápiz con que escribiremos los basta ya.
Vengo pensando esto, camino a casa, bajando por la Gran Vía, con un frío de invierno invernal, más el constipado que lo agrava porque he visto, a la salida del metro de Urgell, un par de chavales, tres policías y dos guardas del metro rodeando a los más jóvenes. Y cómo en el artículo de la Montero, mi negro si es cierto (¿Qué narices importa?) y no es negro, que es blanco y estaba ahí, entre el mogollón. Un chaval tímido que toca la guitarra y viene a menudo por casa a ver a mi hija. Al verle en mitad de tanta autoridad me he acercado. Señora, no se acerque. Es mi sobrino. ¿Cuál? El más flaco. Su sobrino se ha colado en el metro. Han sido los astros o ha sido el propio hastío de los polis de sostener aquella situación, pero me ha salido un ¿Este desgraciado? No sabes lo contenta que estoy. Por fin ha hecho algo que se sale de las normas. En casa lo teníamos como un cobarde. Mira qué bien. Ya tendrá algo que contarles a sus nietos. Deberá pagar una multa. No creo, no tiene un duro. Su padre no le pasa ni para tabaco y él es muy avaro, pero si hay que ponérsela se la pones y así tendrá un papel que atestigüe su hazaña. Sigo sin saber de dónde me ha salido la desinhibición, aunque es más que probable que haya sido porqué escuchaba AC/DC en el Ipoh, porque me ha parecido lo más adecuado para penetrar los conductos auditivos sordos de por sí más las mucosidades. Todos se han reído y los han dejado largarse.
Luego he seguido andando y me he dado cuenta que la risa ha venido en el momento en que más la necesitaban porque la verdad, hay que ser muy mala gente, pero muy mala, para estar todo el día pillando a chavales que no pagan en el metro y sostenerlo hasta el final, hasta la multa, hasta la otra multa por jodienda contra la autoridad, hasta el insulto. Y si cuela, hasta el bofetón.
Y esto sin ignorar que tantas otras veces es así. Tantísimas otras veces y en todos los ámbitos de las cosas y de las relaciones humanas, ni la risa benefactora puede deshacer un entuerto que sólo produce risa o en su defecto, pena, penita, pena.

Días de perros y rock and roll


Cada vez que cojo el metro y pago los dos euros correspondientes para acceder a las mazmorras de la ciudad, se me queda cara de idiota. Luego cuelgan en el face que si el Ayuntamiento de Barcelona ha garantizado una partida presupuestaria astronómica para dietas y me viene a la memoria el puesto de trabajo que tiene la hermana de la Letizia como Relaciones Internacionales de la ciudad y la cara de idiota se me idiotiza aún más. El ánimo cicatero y amargo es de lo peor del mundo. Tiene la función del silicio y procura el goce en el dolor aunque cada dia estoy más convencida que quienes lo practican por decisión personal y cicuta espontánea, viven más.
En un ambiente rayano al echarse a llorar en hombros del vecino, del primero que pase, sólo se oyen consignas y sentencias. La adormidera y el letargo son profundos. ¿Fue el quince eme una explosión primaveral para que nuestros chavales pudieran mantener y ampliar relaciones bajo el sol? No, claro, hubo más. Los hay que siguen trabajando, pero también he asistido a un par de llamadas de concentración por parte de los del quince eme, con el frio a tope, y éramos cinco y el gato.
El contenido de la fumata, el pavor, es de una gran calidad. Luego está la música. Estoy haciendo un intensivo de música catalana cantada en el idioma que convenga para ponerme al día y oye, hay grupos buenos, bandas muy bien producidas, letras de canciones enjundiosas de gran contenido poético, pero al pop, al rock actual; -dejando a un lado el hip-hop, el punk y algún que otro cantautor-, lo social le importa un pito, un pimiento. Estos neo chavales de la guitarra enchufada se las pasan canutas elaborando unos textos crípticos que tal vez hablan de lo que pasa en la calle pero al tener mil lecturas también son aplicables al maltrecho estado del lagrimal de las jirafas, de modo que no confortan de aquella manera del envoltorio todo.
Los hay que se mojan más y no van más allá del amor y del Montseny, salvo los Surfing Circles que son de la montaña y los Plouen que tienen actitud y punzada. Todo lo demás (generalizo porque no he terminado el trabajo) solo se enfadan si su chica les deja por otro. Creo que el máster lo debería hacer sobre esta gente joven que ha crecido sabiendo que entre los poderosos, el no corrupto es la excepción y entre las noticias la única que está escrita de cara y no responde a ningún otro interés que el de informar, es la esquela.
Me dan pena. Los muchachos y las esquelas. Me dan pena pero también tienen su parte en todo esto y habrían de avivarse si o si. Apoderarse del rock, por ejemplo, y rebajarlo tanto en pos de unas producciones lustrosas para no reflejar lo que ocurre en la calle, me parece, cuando menos, indecoroso. Claro que si no dicen nada será que a ellos, en la calle, no les ocurre nada. O que han nacido con cara de idiotas. Yo misma tengo una hija de la generación a la que me refiero. No hace rock, pero algo tengo que ver en la idiotez de la juventud actual que hoy subrayo. Aunque, al menos, ellos, se cuelan en el metro y el que es excepción, o es rematadamente imbécil o un rock and roll star con posibles.

Explosión

                                                                    De Pepe Anta

Entre la suciedad social, la falta de decoro del mundo, la familia que se ama y los amigos que quiero, les vi retumbar contra la pared como dos corchos expelidos por una botella de cava agitada y muy contenta. Antes de caerse al suelo ya se estaban hablando al oído. Aliento de aire fresco, canela y virutas de serrín. Aliento de sed. El deseo les alcanzó besándose.
Luego se calzaron unos ferraris en los pies y así han estado todas estas fiestas, corriendo por las calles, dejando, al frenar, un suelo asombrado de alegría contra el mismo suelo desgastado de miserias.
Se han asomado al vértice, se han elevado al cuadrado y creen saberlo casi todo de geografía. Si te quedas conmigo. Si conmigo juegas.
A los amigos nos regalan abrazos de algodón de nube, la vulnerabilidad del agua cuando se evapora y duda entre entregar llanto o consuelo. Han jugado con los niños y los niños se han juntado con ellos de las manos, corre corre que te pillo yo también quiero de eso y una piruleta.
La precaución, la probabilidad, el celo, la paciencia, la cautela, las rodillas peladas, el porvenir, les han alejado algunos días en que han sido Dorothy Parker en el cuento del teléfono. Sus ojos inundados de Iphones y de Nokias han aprehendido la ingeniería técnica de los aparatos y así que uno le dio al pulsar y sonó el timbre se plantearon volver a verse en el acto y pillar, entre los dos, una franquicia de la espera. “Non temer, amato bene” a todo volumen y unas cuantas canciones que ya habían sido inundan el poco espacio que queda entre los dos. Van exultándose. El amor busca el amor con la misma producción y otros arreglos. Una misma melodía pude quebrantar un alma que otrora elevó a otra y así hasta los números primos y los números completos, según el caso.
Escribo esperando que llamen a la puerta porque han dado con un juego de mesa muy interesante. Ingenioso, dice uno. Previsible como un plano del Ensanche, pero lúdico, dice el otro. Todos los amantes son muy distintos y estos menos. Todas las personas del mundo, o casi todas, han sido amantes. A veces, la historia se encarga de recordarnos lo contrario. Subirán una Cola Zero, unas birras y entrarán partidos de la risa. La perra se excitará, siempre anda buscando juego y abriré, la última botella de cava de estas fiestas esperando ver como rebota el corcho contra la pared blanca. Imaginándome.

Comprad arte!

                                                               De Manuel del Carmelo


Llevo dos minutos intentando comenzar esta entrada y tanto tiempo es demasiado, ya que hoy parece que el TDAH viene arreando fuerte (somos uno e indisolubles) así que dejo de buscar los ribetes introductorios, la posible asertividad, la literatura del envoltorio que contextualiza las cosas y voy al asunto.
El cuadro enmarcado que ilustra estas palabras es de Manuel del Carmelo, un tío del Guinardó que lleva toda una vida pintando porque le apetece y lo necesita. La necesidad que equilibra. La necesidad del afán que encauza el deseo y sostiene la realidad reforzando la “otredad”, el ego, el súper ego y el san Fermín.
Manuel, al que conocí por el féis y con el que luego he coincidido un par de veces, siempre en manifestaciones, es amigo de la reina del rock, Tina Gil, y ha currado siempre en las artes gráficas, en el apartado currante, antes de la invasión de los ordenadores. Lleva un año sin cobrar el paro y bla bla bla.
Si, vale, pero el caso es que o encuentra cómo pagar el alquiler del estudio o se va con la obra a los contenedores.
Me dice mi instinto, que lo tengo, que no debería haber antepuesto la tragedia al arte, sin olvidar que el arte es tragedia en sí mismo. Y comedia. O varieté
Al anteponer la tragedia, -o el principio de ella-, al arte, en lugar de instaros a que os hagáis amigos del féis de Manuel del Carmelo para remirar en su obra y decidir qué cuadro le compráis para saciar al Rey Mago que lleváis dentro y hacer feliz a quién vosotros decidáis, estoy entroncando dos necesidades, la que le lleva a él a crear y a nosotros a recrearnos, con la necesidad de supervivencia que atenaza a todo el mundo, de modo que a algunos, -todavía con el cliché en la cabeza del tanto tienes tanto vales del consumismo feroz y la merma de inteligencia emocional que este supuso desde el siglo pasado que no acaba de pasar-, podréis sentir que el arte se desvaloriza.
Nos han engañado tanto bajo velos de nylon inflamable que parecían seda natural del tacto enamorado, que ahora, al ir a saco de frente (Hey, ayúdame) ofreciendo maravillas sin desdeñar la realidad del asunto, sentimos que la ayuda invalida el amor, el arte y la alegría que se nos ofrece.
Esto es una reflexión en voz alta, también un poco TDAH, un poco TNT, que me llevo haciendo en voz baja desde que hace unos días después de que yo misma escribiera y mandara un poema de aguinaldo para el blog a diez personas diez, con el número de cuenta corriente bien grande al final de la rima.
El resultado del envío ha sido abrumador, si bien casi todos me han respondido, nadie lo ha hecho, -todavía-, por vía intracrematística, lo cual me hace pensar que metí la pata hasta el final. Meter la pata hasta el final significa sentir que el pie comienza a arder de puro calor, aquél que provocan las llamas cada vez más altas de las hogueras del infierno.
Pero volviendo a la cuestión que me lleva a escribir este post con la precisión de una escopeta de balines de feria es que miréis de comprarle algo a Manuel del Carmelo, teniendo en cuenta que el cuadro que he escogido, ya enmarcado, no lo dice todo de él, porqué toca muchos palos, y que en este orden de cosas también podéis concederme un aguinaldo lector.
Con este gesto doble me uno gratamente a las gestas de los supervivientes que solo queremos (cómo tu) lo que nos toca, sin tener que cimbrear la cintura más que para el baile.
Ay, lo que nos toca. La verdad es que para pintar, para escribir, para la necesidad, en puridad, no nos toca nada, porque el anhelo va más allá de la utilidad para adentrase en otro reino, que quizás es el prometido, el de la simbiosis con la vida, el que se siente con mayor intensidad y ganas cuando afuera caen chuzos de punta, cuando el mundo es, en sí mismo, una tragedia, una comedia. Una desgarradora varieté.





Paso del dos mil once

Jesús Malverde, va de santos.

No sé si algún otro año de todos los años que llevamos contando el tiempo transcurrido en años, o mucho antes, cuando nadábamos en la piscina del mundo, moviendo las aletas coquetamente en la fiesta de cambio de año o en lo que fuera que era que celebráramos si es que celebrábamos algo o estábamos ahí, o eran nuestros antecesores o no había ni dios o sólo unos micos que tejían el burka de Eva... No sé si alguna vez en la historia, a lo largo y ancho de los libros de textos, los libros malditos, los libros sobre la cabeza y los libros por escribir, la raza humana, en tanto que montón de sujetos y nada más, en tanto que espinitas diminutas del erizado planeta tierra, habrá sentido jamás tanta vergüenza de sí misma como en este tránsito de año que hoy se anuncia.
Me refiero a una imposible unidad que de la que formamos parte aunque nos empeñemos todo el rato en que no, pero voy a dejar de lado mis veleidades filosóficas parvularias, la gran pesadilla del eterno retorno, el aguijón en el vientre de pura hambruna, que es la más extendida magdalena proustiana de estos tiempos, junto al amarillo pollito con ramitas de oro, colores y sabores de las tortillas trufadas de la Merkel Millet Urdan Brothers FMI y otros tantos ladrones de pueblos.
Tocada e indignada por el desastre global, pero con el sentimiento puesto en lo individual de índole social solidario de vamos haciendo lo que vamos pudiendo y lo único que tenemos, en esencia, es la alegría, el fósforo y el muro que pueden encenderla, cierta coherencia y al otro, -los amigos, la gente, sin los cuales somos menos que moco-, me dispongo a exorcizar el dos mil once, no sin antes hacer acopio de la amistad y del amor que me ha brindado el dichoso año guardándolo en el fondo de la víscera corazón, donde están las llaves y para que nada ni nadie lo pueda mancillar.
En una hoguera que atizaré a delantalazo limpio intentaré quemar la ignominia, la desesperación, la rabia y la injusticia que este año nos ha dejado, sin dejarnos, reteniéndonos por voluntad propia en un mundo asquerosamente avanzado respecto al tiempo que hace que contamos años en que se ha consumado el declive de la humanidad como raza (sic) como concepto y como mierda pinchada en un palo, a la que pertenecemos y vamos a darle todo el aire que podamos. Aire de puertas abiertas.
Llegada a este punto de alto voltaje de redacción con comas mal puestas, de alto voltaje emocional, tomaré la cerilla o un viejo encendedor Zippo y marearé la piedra por mis tejanos, como hacían los chavales para darnos fuego, el que nosotras tomábamos haciendo ver que no olía a chamusquina de pollo quemado, y pondré velitas compradas en Ikea por toda la casa y sobre todo al lado de Jesús Malverde, un santo que la iglesia católica no reconoce como tal, bigotudo y mexicano, “Ángel de los Pobres”, le llaman, que unos amigos míos me han regalado porque me quieren y porque se han enamorado y andan contagiando a todo su entorno con lo único que tienen y que tenemos, la alegría de ser, de cuyas semillas nace la alegría de estar, el ojo avizor, la indignación, los peces en el río y este instante de beatitud, de gracias a la vida incluso en mitad de una tormenta de rayos y truenos, que es el misterio que nos hace seguir estando en pie, de querer seguir estando unidos, de querer seguir peleando a cuestas con una curiosidad, una capacidad de asombro y un afán de justicia que ni el dos mil doce, con todo lo que viene anunciando que será, nos debe poder quitar.
Y un cortadito a media tarde.

Santos (Crónica de la Navidad)

                                                                         Un santo que si

Hoy, en el hospital donde vive mi madre, todo era choque de carenados y algarabío. Cochecitos de bebés empuñados por firmes manos masculinas quedaban a medio centímetro de unas muletas que ayudaban a lograr el torpe paso de un familiar del empuñador y del bebé, al que seguía un reguero de gente, todos sonrientes de oreja a oreja y con la zambomba en la mano. Exagero, no para hacerlo menos verídico (la exageración resta impacto) si no porque así lo he vivido yo.
Riadas de peces en el rio bajaban por los pasillos sin tener en cuenta la silla de ruedas con o sin motor de los pacientes que ahí se rehabilitan o ahí ceden para siempre a cuestas con sus problemas cerebrales. Podías sentirte en mitad de la calle Puertaferrisa un día del gran estipendio consumista, solo que esta vez, a izquierda y derecha del camino se abrían o cerraban puertas de habitaciones en cuyas camas yacen personas que de buen seguro no estarían ahí.
En un ir y venir pasillo abajo pasillo arriba me he acercado a Roberto, un enfermero activista y muy responsable con el que siempre hablo. ¿De dónde sale toda esta peña? Esto me estaba preguntando yo, me ha respondido rebuscando en un box de medicamentos. Y ha seguido. Lo que si tengo claro es como se van a ir algunos. Un incauto le ha dado canelones al señor de la treinta y siete y a este le ha dado una subida de azúcar. Los voy a mandar a la mierda.
El señor de la treinta y siete es un anciano que canta “Perdóname, he sido ingrato”. Me parece que el tema es de Raphael. El de la treinta y siete o canta o calla pero hablar no habla, no dice ni mu. Oye, Roberto ¿El de la treinta y siete tiene familia? No, no la tiene, pero se ve que a alguien le ha hecho gracia cuando ha arrancado a cantar.
Si no fuera porque en los blogs no queda bien, he de confesar que a estas alturas y desde mi fuero interno ya me había cagado en todos los santos del calendario, empezando por San Nicolás.
Mi madre, que ejerce de ello, me ha notado irritable y me ha conminado a calmarme mientras trataba de poner en marcha un Ipoh donde le he mal grabado canciones de ayer hoy y siempre. Nena, esto es rock and roll. Led Zepellin. Ya veo que me hecho un lío. Mira. Es la historia de un amor como no hay otro igual. Ahora va. ¿Has puesto algo de Frank Sinatra? No, pero he grabado “la merda de la muntanya”. Nos reimos por cualquier cosa.
No soy de quienes juzgan a los que no van a ver a sus enfermos, más que nada porque cada cual se sabe lo suyo y ya se lo encontrarán debajo de un cocotero, pero es obvio que una sociedad que no cuida de sus enfermos está podrida y si exhibe su podredumbre en la ausencia también la subraya en la presencia súbita y al albur de unas fiestas en el calendario, cuando recuerda, oh solidaria, las desgracias de su alrededor.
No sabéis cuanto me hubiera gustado ser bola de árbol de navidad con peso de bola de petanca, con el don de la ubicuidad y dale que te pego. Tengo una amiga que en circunstancias como estás me dice tontadas del tipo: “No te hagas mala sangre, tienes que saber perdonar.” La tía es medio megalómana porque siempre me invita a perdonar a gente a quién no tengo ni el gusto de conocer, pero como se que lo dice por bienaventurada y no por joder, la aguanto.
Cuando ya era de noche y me disponía a salir he pasado por la habitación de un muchacho de dieciocho años, cuya madre y coleguilla del largo pasillo de los afectos enfermos, siempre me apetece ver. La habitación estaba invadida de gente. Una mujer mayor se plañía del estado del chaval. He entendido que era la suegra de mi colega a quién he saludado con un “Ojalá cada día fuera Navidad. No te lo tendrías que currar solita”. Me he ido fresca como una rosa, aliviada. Y encima le he arrancado una sonrisa a una mujer de treinta y pocos años que cuida de su hijo enfermo dia y noche. Hoy, el padre del niño, llevaba gorro de Papa Noel y echaba para atrás con su aliento de alcohol que superaba, con creces, la potencia del directo de los eructos de bisonte, aquella banda de los ochenta, de Canarias.
Pues eso, empezando por San Nicolás me haría el santoral entero. Y en esas también entraría mi madre que diría, deja a los santos tranquilos que nunca te han hecho nada. A lo que mi padre respondería, si no me van a hacer nunca nada, para algo han de servir.