Cuento de verano




                                              Foto de Farinera Borda que cuenta el cuento.




No podía dejar de escribir el cuento de verano que a todo blog corresponde. El cuento siempre anda cerca, todos los cuentos. Hubo unos que contaba una prima hermana de mi madre cuando éramos chicos los que entonces éramos los pequeños de la familia,  y todos nos poníamos a sus pies, rendidos de las múltiples  batallas de los días de calor, que encendían la diatriba de los distintos puntos de vista. La mujer imaginaba a los músicos de una orquesta que habían padecido un accidente, varias horas al fresco de la noche,  sus cuerpos disparados por un choque de vehículos. El paisaje era desolador y nadie les atendía. Se podían ver  unas piernas por ahí, unas cabezas por allá, pero los músicos, siempre formales, porque la vida del músico es aciaga, acababan por tocar al día siguiente como si nada hubiera pasado. Material muy sensible. Punto de salida filosófico que roza el absurdo, la vida misma. Y así todo el tiempo, con los tebeos y las pulsiones hormonales (últimamente oigo demasiado eso de que la peña joven se mueve al albur de la hormona como si el deseo perteneciera a la biología y no al arma, al fuego que predecía Miguel Hernández en la Nanas de la cebolla, venir de la dentadura, de la boca)  Pero este cuento de calor o de días en que lo hacía ( y del frío también) lo ha escrito más que bien, genial, con un estilo alborotadamente libre y muy de pillar el corazón del lector, el compañero Javier Pérez Andújar en el Diccionario Enciclopédico de la Vieja Escuela editado por Tusquets, que es una carta de amor en toda regla con entradas que son bien  nuestras, de unas generaciones concretas en un país concreto, y pueden ser las de tantos otros que no crecieron, por poner un poner, con las canciones de Camilo Sesto. Toda biografía tiene un cantante edulcorado que termina por parecerse a la bruja Pirula. Todas las biografías se repiten. Todas las personas repiten siempre a los de la totalidad de su clase, escribió Gertrude Stein. Y Andújar repite a los de su clase y también a  los de las aulas. Un delirio descacharrante irrumpe un texto donde aflora una nostalgia vista desde el presente, con lo cual ya no lo es y todo es puro relato, literatura de chaval que toca la guitarra y sigue queriendo ser canción.

Le pasé el libro a una colega, gran fotógrafa inglesa, amante del dirty realism y toda aquella zarandaja de decir polla y decir culo que ya existía cuando se definió y me dijo que se lo había pasado llorando. Le pregunté si había entendido algo y se mosqueó. Lo he entendido todo. Los lectores son como los músicos de las orquestas según la prima hermana de mi madre, un día se accidentan y se descomponen y al otro ya están metiendo la nariz en otro libro. A cada cual se le descompone un miembro distinto, por mucho que a mí, de niña no me gustara tener miembros y si apéndices porque de lo contrario me sentía excesivamente habitada. Lo de Andújar no es una enciclopedia, es una espada en toda la frente del pensar. Ay, cuando habla de los pobres… Chitón,  no voy a mentar el asesino ni voy a mentar el final, pero el párrafo último es el que más me ha escocido, que no sé si a la inglesa que lloró lo que siempre se llora, la ausencia. Quizá por el final del libro, que me tatuaré en un collage de Emma Cohen, me he acordado de la prima hermana de mi madre, una mujer fundamental en mi educación literaria, que casi siempre se sentaba de espaldas a una habitación chica como el mundo en donde estaban los tebeos, en donde estaban los tesoros y en donde estaba la vida en casa de mi abuela, un lugar que por muchos años que pasen siempre repito aunque no sea el mismo, el lugar que cuenta Andújar como lo hacen los de la prosa suya y de nadie más, y es que en estos lugares o te hacías tu o te hacías otro y a palmarla de por vida, repetición histérica. Que Javier lo haya contado, que haya contado algo tan íntimo, es una osadía muy grande. No se puede decir en voz alta el lugar donde habita lo vulnerable de la peña porque entonces ya todo se sabe. Cuando  la prima hermana de mi madre pillaba el hilo de los cuentos y se hacía muy tarde entraba mi tío y amenazaba con castigarnos a dormir descalzos bajo el tejado. También a ella.  Mi tío murió a principios de este mes y el cuarto de los cuentos fue derribado muchos años antes.  Cuando todo esto ocurría o estaba por ocurrir, Pérez Andújar lo escribió en un libro, en una carta de amor que tiene forma de enciclopedia, de chiste, de diccionario, de corazón de tiza en la pared y de canción.

El punk no ha muerto




Voy a pensar que podemos o si no me vuelvo loca. Voy a pensar como lo hizo el otro día Dani Navarrete, punki de los ochenta, uno de los primeros Oi! Oi! barcelonés de botas de punta de acero, hoy todo un señor, que ante la manifestación fascista del otro día (siempre es el otro día en el fascismo, siempre es actualidad) levantó el puño y se montó un cabreo masivo. El puño llevaba el tirón en el músculo de muchos puñetazos dados y recibidos cuando era joven, que con los de su peña, repartía y recibía de los neo nazis. Era en la época en que mataron a Sonia la transexual, que hoy tiene un lugar para el lamento, la expiación, la  memoria y la vergüenza en el Parc de la Ciutadella. Barcelona estaba entonces muy crispada. La Barcelona canalla estaba expirando y venía el orden impuesto por la transición. Y ahí nacieron los punkies. Eran pocos y siempre estaban en los mismos bares. Oye, pon la Polla Records. Y al final pinchabas la Polla, pero seguías prefiriendo a Jimi Hendrix. También era cuando te ibas a dormir con el corazón en un puño porque un negro había matado al colega del Bar del Pi. Un negro. Un muerto. Negros que matan y negros que mueren. No éramos racistas, pero los neo nazis sí. Y entonces solo veían negros. Y los punkis iban de negro. Hay un momento en que tienes que levantar el puño o te tragas la mierda y se te hace rueda de molino el estómago y la empiezas a repartir al modo cobarde ventilador. Vi la foto de Dani, puño en alto, ante la multitud de la España unida contra todos y me dio un escalofrío. Yo también estaba ahí, de algún modo. Una motita. La foto siguiente era el abrazo de un manifestante con un policía ante la puerta de la comisaría de Vía Layetana y tuve otro escalofrío. Era un abrazo fraterno. Fue un escalofrío interno. Mientras escribo tengo un rún rún interior que me dice, Bonet, no deberías estar dándole tanta importancia a todo esto. No es tiempo de dividir más, pero lo políticamente correcto es el adocenamiento y las cosas vienen cuando vienen. Dani levantó el puño. Una vez le sorprendí en el baño de un bar. Abre, chaval. Estaba en pie con una chica. Dani levantándose. Tantos Danis, tantas cabezas. Vamos a pensar que podemos o nos volvemos tarumbas. La ética adocenada al servicio de la política. Matar al contrario no es vencer pero ellos han estudiado el marketing de Satanás. Podremos convertir (y no hablo en términos de resultados electorales, si no del día a día, cotidianeidad en pie) esta inmundicia en oasis donde petarnos de risa. Debemos poder bañarnos en ríos de vino y cocinar cosas ricas. Tener un lugar donde maquearnos para salir hechas unas damas, hechos unos señores, y levantar el puño si es preciso. Pensar llevados por impulso porque al impulso ya lo mueve mucho tiempo de reflexión y de vivencias. Pensar como hizo Dani el otro día ante una marabunta de fachas. Sentir como en los baños. Y pasear como de niños, parándonos para dar  de comer a las palomas.
 


Matar por Anna Gabriel

                                                                    Foto de Jordi Borrás




Me da la sensación, en un refunfuño, que cada vez somos más cangrejos, y caminando hacia atrás se hace camino al pasar, con la indiferencia o echando el grito al  cielo. Dice Anna Gabriel lo que dice de la familia que es algo que dijeron los hippies, aquellos ancianos, hoy todos muertos, criando malvas power, menos algunos que no se bajaron la cinta de la cabeza hasta el cuello, collarcitos de perlas de la sumisión, de la ambición, de la sedación y del entumecimiento cerebral menos en el cacho del cerebro que da para atesorar, contar el dinerito. La familia de un asesinado recibe calderilla y deja que el poderoso caballero selle aquello que no sella nada. Se van a quedar vacios como la nada y a los pies de dios, allá en las alturas, el ilustre no podrá juzgar nada porque la nada no existe ni para él, que la pisa con garbo y pisa morena. Qué, a estas alturas,  una sociedad mire a alguien como a Anna Gabriel con cara de asco y estupefacción cuando dice lo de tener hijos a la manera que tantos pensamos y en cierto modo perpetramos (ay, el precio de la libertad es el más caro, ¿O es que todo hay que decirlo?) y entienda como agua de Mayo (que ya viene siendo demasiada) que se lancen monedas sobre la sangre, viene a decir que desde mi adolescencia hasta hoy no ha pasado nada. Y no voy a mentar la edad porque las matemáticas son el resultado de un error que no hay que agrandar si no puedes dedicarte a él por crasa ineptitud. Sí, esto nos viene pasando. El plural admite a varios de mis amigas y amigos con los que lo comento de vez en vez, no mucho, para no dar el cante del blues donde no hay más negrura que la del alma, cuando nos reunimos en la ladera de la montaña y más abajo, en el cementerio de coches, reluce, maltrecho, el Cadillac.  En uno de estos encuentros, un colega, en un arrebato, dijo, al modo España 5: Yo, por Anna Gabriel, mato. Pero luego fue peor caer de tan alto entusiasmo. Por Anna Gabriel ya matamos, tío! Nos matamos, arañamos, diezmamos y jaleamos por toda la peña festivalera del pueblo unido y la cara por partir ¿O no hicimos nada? ¿No te llegó el amor que te daba? Espero que el odio que ahora siento por ti te atraviese como un rayo. Maldita sea, esto es una locura. Sólo quisimos que hubiera gente y cuánta más bella mejor y que las reglas las pusiera el sentido común del que gozábamos decir que carecíamos a fuerza de escuchar que así era para acabar proclamando el otro, que era el mismo pero estaba mareado, y no era otro que el del respeto que otorga el pensar, te estría la coherencia, te incendia la intensidad de la vida y te concede un chin pún. Y ahora, tantos años después, volver a lo mismo. Pero si yo no quería volver nunca, porque lo  nuestro fue un revolcón de colchón sobre el piso y ahora necesito una cama especial para las lumbares y tu ya has vendido por Ualapop tus zapatos de gamuza azul. Y lumbar, lumbar.

Madres en el día de ídem


                                                      Madre e hijo de Pablo Picasso



Madres hay tantas como mujeres en el mundo que lo quieran ser, hayan o no hayan parido, de modo que el mundo es, en sí mismo, muy madre, muy coñazo, porque una madre es la supremacía del coño, tanto en el placer como en el dolor, como fijó el dios de los cristianos a los primeros habitantes de un paraíso que era un infierno, portándose, dios, en su segunda viñeta, como una madre castradora, que es la que no soporta  ver a como sus hijos  lo pasan la mar de bien. Huelga decir que una religión basada en la castración, es una madre equivocada, un cuento malo, un sueño peor. Una religión es la peor de las madres, pero malas, las madres, lo somos todas, porque una madre es buena en función de la persona, de la mujer que es, y todas nos hacemos trampas. Cuanto más trampas se haga una madre peor será para sus hijos, que vivirán el embrollo que esto les produzca, pero a fin de cuentas, una madre no es un dios, como deben sentir los bebés que todo lo que necesitan es amor, al calor de una madre. Al correr el tiempo, la madre ha de ser asesinada, o al menos puesta en duda del mismo modo que en los noventa teníamos que hacer puesto en balanza el orden constitucional y el grosor de los sueldos y no tener que solucionarlo ahora todo de golpe, a última hora y con tanto por barrer, cuando la pandemia de la avaricia lo ha cercenado todo. Es curioso como quién fue lo máximo para una o para uno, pasa a ser de golpe la enciclopedia donde se lee todo lo que una o uno no quiere ser de ningún modo. Y esto, a la madre, la pone toda loca ¿Qué te pasa, cabeza de chorlito? Ojalá te hubiera dado un par de cachetes en su momento. Yo culpé mucho a mi mamá. De mi complejo de Edipo, de mi TDAH, de mis impulsos y del cha cha chá, de modo que entendí como justo, aún rebelándome, el que mi hija me hiciera lo mismo pero culpándome de otra cosas. A saber, del rock and roll y de la ausencia de fronteras. En casa tratábamos de hablar de responsabilidad, al rollo moderno, y no de culpa, al rollo castrador y cristiano, pero los cuchillos también volaron, solo que cuando lo tuve todo preparado para matar a mi mamá me morí de pena de haberlo pensado y preferí comerme el fricandó que había preparado cantando Maríaaaa de las Mercedes la reiiinaa más…, aunque mi madre fuera hija de republicano asesinado, pero una canción es una canción. Ser madre es bastante lío, no solo tienes que cargar con lo tuyo, si no que de repente te mandan mochilas con cosas que no te corresponden, o a lo mejor sí. ¿Y si ahora nos hacemos un poco la pelota? En casa, esta frase servía para cortar los pregones a lo Bergman. Nos peloteábamos y vuelta a empezar.
Cuando te haces mayor, la madre se muere. Es ley de vida y es ley de muerte. No suponía tan grande el dolor. Quedarte sin la incondicionalidad es una orfandad muy grande. Ya nadie te abrazará aunque te hayas cargado a todos los votantes pobres de un partido de ricos que no vela por ellos. Ya nadie dejará que te hurgues la nariz en casa haciendo ver que no ve nada. Y entonces dices viva la madre que me parió, porque la ausencia da una mayor comprensión de las cosas.
Una madre sirve para aumentar o disminuir la auto estima de sus vástagos. El coñazo es el eje de todas las cosas, así quieras pasar de él o decir que te la suda. Mi hija, que ya es madre, está en la fase diosa, su bebé la siente así. Un día le contaré al chiquillo que si su madre se equivoca es porque ella también se hace trampas, como todos, y porque la equivocación es a la evolución, lo que el coño a las madres. Y entonces, él, me enseñará las suyas y volveremos a empezar, a hacernos la pelota, a celebrar, todos los días de cada día, -guardándonos algunos-, el día de la madre, del coñazo que todo lo disculpa, si es que tu mamá te mima.  Y si no lo hace, ella se lo pierde pero tu también.








In Extremis

                   
                                                        In Extremis de Sandro Giordano




Ignoro si lo van a hacer o no lo van a conseguir, pero esto de ponerse a hacer las cosas in extremis, ya sea formar un gobierno, pactar con los vecinos para el uso del ascensor o tirarse de los pelos porque al amigo que querías abrazar se lo ha llevado una gripe fulminante, es un acto que habla de la soberbia, algo que viene siendo tan habitual en este mundo de los listos en Panamá y las listas de la compra en ascuas, que ya da asco. Entre el infantilismo y el orgullo hay un agujero de ozono del alma que es la inseguridad personal y de ahí viene todo esto, de este embrollo. La valentía está menguando. No hace falta un post en un blog para saberlo. Y entre la peña que aplaude el gol del último momento o la que sustenta el pelotazo sostenido, prefiero a los de las rodillas sucias. Detesto con toda mi alma a la gente que desdeña lo que hacen los más jóvenes porque siento que en ello hay un comportamiento de repetición histérica, pero detesto más aún esta manera que tenemos desde hace ya tiempo, de aplaudir la chabacanería del acto, que es culminarlo cuando ya no queda más remedio, lo que al follar sería un churro. Lo que al amar y  lo que al vivir.

Y como el enfado y los demonios me han devuelto aquí no tengo más remedio que seguir dando la vara, aunque de pronto sienta que ya he dicho cuánto quería, de modo que escribo in extremis, que también es lo que censuro. Será que dejé de leer a Foucault hace unos días, por decisión propia, y algo se me ha tambaleado, y  ahora ando en la fase, caliente, de considerar al filósofo un ser tan divino como filibustero, tanto es así que ayer, en el borde de un folio llegué a anotar que sus seguidores acérrimos deben de tener el pago del alquiler asegurado, porque de otro modo no se entiende que le rían las gracias del imposible asegurado.  Encima, hace unos días que se fue Prince. El siglo veinte ha terminado pero el veintiuno también. El solaz está dentro. Y si bien muchos desearíamos que cada vez que un niño refugiado agarra una bala de goma de la policía para jugar con ella, a Merkel le diera una sacudida, lo cierto es que la sacudida solo la sienten sus padres, que lloran su suerte sobre el fango. Si, el enfado es mucho, pero a veces es bueno sentir que todo se deshace y odiarlo todo, puesto que para mirar siempre con ojos de misericordia  alrededor hay que ser bobo o estar dopado. In extremis iba la gente de mi generación, cuando lo de la heroína, aunque hace unos días, también leí que lo de la conspiración capitalista que sospechábamos para diezmar parte de la juventud al introducir la droga, viene siendo una leyenda urbana. Creo sinceramente que tengo que dejar de leer. Quemar todos los libros, como sugiere el maestro Eliseo Bayo en uno de sus poemas. Dejar de hacer listas de los más anhelados. No saber y hacer ostentación de la ignorancia, que es algo que también detesto,  (cuando la ignorancia no viene dada por falta de recursos si no por decisión propia) mucho más que la desazón que da estar despierta, de modo que antes de pasar a odiar con mucho ahínco cualquier cosa que ocurra o cualquier humano que sea, salvaguardaré, in extremis de mi misma, todo lo que me place, bien soberbia.  

Leo y escribo. Y siempre, Leo



Leonard, Leo, desde que has nacido te escribo mucho. También te escribía antes de nacer y lo he seguido haciendo desde el día cuatro. Encima lo hago en todos los idiomas que conozco, aunque también  invento palabras que al carecer de significado hablan de todo.  Hace un rato, mirando un vídeo te decía:  asiguini malaseta del caniva tusullá, no sipiso la taraca del vesés del mitarpá, al ver como te arrancas por sevillanas al escuchar el funky que te pone tu madre, la música que te pone mi niña, lo cual me parece bien porque no siempre hay que bailar al ritmo, basta con bailar al goce, aunque es seguro que todo lo que hagas en tu etapa de cachorro de carnes prietas, con dos lunas llenas por mofletes, me parezca tremendamente bien porque todo lo que me vence en este mundo es la ternura. Todo lo que me gana. O en su ausencia, me destruye. Llamémosle amor.
Para bien y para mal, tu presencia  ha encendido todas mis alarmas. Estar a la altura, reinventarse. Quien no se exige no rige. Hace veintiséis años, cuando  llegó ella, le preguntaba en los folios si preferiría más a Elliot que a Rubén Darío. Eran formas de andarse por las ramas, de amagarse para no agarrar por los cuernos el vértigo y la gloria de lo único que verdaderamente me importaba ¡Si solo quería decirle que la amaba y que me venía de nuevo, el huevo, la vida que no era mía  y en cierto modo lo era,  pero tan ajena! Ahora, vuelta de tuerca, llegas tú a revolotear en primavera y mi corazón se agranda. Me pones patas arriba el deseo de pertenencia y el derecho de libertad con la consecuencia.
A la mínima te escribo cosas y en un tris ya estoy dándote consejos, como las abuelas todas y las abuelas palizas, porque de repente ya no te escribo a ti, sino que en ti escribo a todos y todo cuánto amo o amé y me baño en la esperanza de un caminito de babas que en la noche te hará un eclipse de leche en la barbilla. Caballero británico, el guapo  de una novela de Jane Austen, te figuro, el más valiente. Y muchas cosas más. Mira cuántas raíces tienen los sueños.  Eres hijo de dos bellezas que se aman. Todo tu paisaje es precioso menos alguna espina que habrá que sacar a mordiscos o con las manos de agarrar. Ya llegará el tiempo en que conocerás la historia de los niños sin suerte y el mundo al vacío, pero entonces tendrás los recursos que solo el amor concede y un rincón donde deshacerte después de hacerte. Hacerte hombre. Hacerte pipí. Hacerte frío y hacerte libre. Hacernos para deshacernos.
He de aprender mucho de ti y aún me impone tener que vérmelas con un bebé tan chico que fue capaz de pasar la primera prueba (y no era necesario) que la vida le impuso, puto pulso, de la que saliste luchando como un campeón.
Leonard, mi niño. El niño de mi hija. No llama la sangre, llama el horizonte diáfano que expones donde la esperanza ruge.
Te he puesto en el blog sin tu permiso. Verás, llevaba muchos días sin entrar. Lo dejé todo desde el día de tu nacimiento. Y en mi blog, personal, no podía eludir la felicidad que ahora siento  ni dejar de compartirla.  No sé si te gustará más Rimbaud que Lorca, pero si te dan a elegir, quédate con todo. Hasta del más necio se aprende, aunque a estos mejor tenerlos lejos, esquivarlos en un golpe de balón, de una pedrada.
Por ti, pequeño morcillón, el día que me vaya habré de opositar a ángel, aunque no sé si cumplo las condiciones para acceder, con tanto rock and roll, tanta lectura y tanto de tantísimo. Al menos siempre tendrás la vigilancia de la duda, la que tú  me irás agrandando ( y ahí es nada) a cada paso, la que me asienta en lo que siento y por la que tomo decisiones. Y la incondicionalidad de la abuela que es complicidad en el “delito”, calor de los cuentos, un amor total al que aún no me avengo y me lleva a pellizcarme, a comerte a besos, a vueltas con la baba, compartiéndola.



El Lagarto y Carles Flavià



                                             


En el bar del Raval en el que se desayuna con carajillo por las  mañanas, le llaman el Lagarto porque más de una vez, en verano, apareció a media tarde con la cara roja, quemada por el sol, después de haber dormido la mona en la playa de la Barceloneta. Las farras se las pega cuando no trabaja de portero de un hostal de las Ramblas que está en el primer piso de un edificio de vecinos donde  el Lagarto asusta a los desconocidos, porque te interpela a voz en grito cuando vas  a por el ascensor. Antes de apretar el botón dígale a este menda adonde va.  Al tercero. Y tranquilito. Tranquilo estoy, señora. Es que los de mi hostal tienen que subir andando, que si no se cuelan en las casas. Habla del hostal como si fuera suyo y es que, en términos de pertenencia no contaminada por el “absoluto revienta almas”, lo es. De hecho, se dice que el propietario, antes de morir, indicó a sus hijos que no se le echara de su puesto hasta que cumpliera la edad de la jubilación porque no encontrarían a otro portero más leal. Y este es un episodio que enfadó mucho al Lagarto cuando lo conoció por el mismo hijo del dueño, que creía que  le sentaría como agua bendita sobre el lomo. Yo, leal a tu padre, no lo he sido nunca, soy leal a mi “faena”, a mí mismo, pero a tu padre… Se ve que la conversación entre ambos siguió por un terreno cada vez mas resbaladizo y mientras subía de intensidad, bajaba la mano el Lagarto hasta agarrase los mismísimos de aquél modo obsceno y patán que es algo que hacen algunos tipos para mostrar hombría propia y desprecio al otro, de modo que al  hijo del amo no le quedó mas remedio que  achantarle y apunto estuvo  de tirarle escaleras abajo, porque el tipo no tiene media hostia, pero mira y espanta mucho, si dicen que hasta detiene a los hooligans borrachos con sus tretas y esa mirada profunda  donde chispea la metralla.
El Lagarto es un fulero, está medio asilvestrado y encima le gusta figurar y contar batallitas, como la que detalla que es el hijo de una conocida familia de clase alta que le puso a estudiar en el seminario, del que se largó para empezar una nueva vida de soltero y prófugo familiar que es la que ahora vive, y en la que se pavonea de amar mucho, pero a él no le caza nadie, ya que la que quería que le cazara le tendió una trampa y le dejó, malherido, en mitad del campo. Ayer le llamé por teléfono. Guarda las llaves del piso de mis amigos en el edificio del hostal y les hago las veces de vigilante. Era para darle el pésame. En la cabina de su garito colgaba posters de las obras de Carles Flavià, del que decía ser muy amigo, aunque en la fiesta de despedida de Alejandro Molina (ternura, coherencia y alegría) le pregunté a Carles por él y no cayó. Igual le conocía por otro nombre, y a lo sumo  ¿qué más da? Cuando algo hace bien, no tiene porque ser recíproco. Mucha pena, dijo. Estoy muy triste. Lo conocí en el seminario. Yo estuve un día, él mucho tiempo. Cuando volvimos a vernos me di cuenta que ni la cultura le había cambiado, y pensé, si se puede llegar a ser tan animal como yo, que soy medio ignorante, teniendo la cultura que tiene, es que la cultura, cuando la aprendes, no enseña tanto. No sé si me sigues.  O es que era bueno siendo malo. O yo que se.  Y se echó a llorar. 



A modo de prólogo de la vuelta

                           (Desconozco la autoría de esta precisa y conmovedora ilustración)





Siempre que me voy, vuelvo  y siempre me voy a mitad de invierno y vuelvo al anunciarse la primavera. El blog me podría servir para hacer estadística sobre mi comportamiento, pero también me sirve para hacerla del mundo de afuera. Veo, en el blog, que cada inicio de Semana Santa desde hace cuatro, el tema, el golpe en el alma, viene siendo el que habla de miles de personas que huyen de sus destinos en pos de uno mejor y de cómo se encuentran con la indignidad, si la palabra no es demasiado suave para concretar su hallazgo. Cuanto más avanza el tiempo, más Cristos y más martirios se le suman a la Semana Santa que plancha el manto de las Vírgenes. En las redes sociales y en las paredes escribimos que Europa no nos representa, y escribimos bien, pero Europa, el viejo continente, el demente senil, codicioso y olvidadizo, sigue perpetrando crímenes, así le tiren unas monedas por encima. Una masa de impotencia crece en el cielo. Tengo un amigo que pertenece a un grupo de gente, a una O´NG que ayuda a los refugiados. A veces me llama. No es de estos que grita sobre el grito, más bien mantiene la cabeza fría, de otro modo se iría con ellos a ningún lugar o impartiría caridad puntillosa,  pero  de un tiempo a esta parte, siento que ya le empiezan a fallar las fuerzas.  Todo cuánto puedo hacer es sostenerle y hacer acopio de ropa o de cuánto pida. La ropa que ahora le mando, antes la daba a una parroquia cercana que está haciendo un gran trabajo entre quién la necesita. ¿Quién dicta cuál es la auténtica necesidad? No hay necesidades auténticas, como no hay un solo amor, ni nada en singular más allá de las características de cada individuo. La necesidad es una y dura demasiado, se extiende como la espuma de las olas al embate del mar. Y ni Dios nos representa, si es que alguna vez representó algo. Volver para rezar y gritar al cielo o volver para decir qué bella es la primavera, la vida que llama a la vida, que lo es, y mucho. Este era el dilema que he tenido estos últimos días, al decidirme a volver a entrar y mantener esta página. ¿Vuelvo al blog a despacharme y empachar, o vuelvo para peinar las primeras hojas de los árboles que ya están brotando? La esperanza se vuelve escepticismo, cada vez cuesta más hallar aquél diamante del ánimo donde poner a sembrarla cuando a tantos miles de cientos de personas, al lado de tu casa, se les niega lo que a todos nos corresponde. Un sol particular luce muy grande. Definitivamente, nadie me representa, solo la buena gente, solo el refugio que busco, porque vivir es ir buscándolo o encontrarlo y maquearlo para salir afuera con renovado ímpetu, que es algo que no se le concede a todo el mundo y de ahí todo lo que este texto pueda tener de saeta.

Ondas gravitacionales




Lo que el mono de tabaco me ponía muy difícil, ponerme a escribir, lo consiguió Einstein. Cuando mas notaba la ausencia del cigarrillo era al sentarme a trabajar, así que traté de tomármelo bien para no aumentar la ansiedad. Intenta permanecer tranquila, no pasa nada si pasas un tiempo sin escribir, me dijeron. ¿No pasa nada? Me ahorro los símbolos de exclamación.  En este periodo de tiempo al que hago referencia, en un día de hace unos cuantos, vinieron los diarios anunciando algo alentador en las portadas. No hablaban de esas cosas cotidianas de la sinrazón y de la inmundicia, ni de las otras del esperpento, sino  de que la teoría de la relatividad formulada por Einstein cien años atrás, se había demostrado en un punto. Me puse muy contenta. ¿De modo que las ondas gravitacionales tenían sentido más allá de un texto de canción de Franco Batiatto? La noticia venía a llenar un agujero de curiosidad que siempre he sentido por la física, en la misma medida que lo siento por la filosofía, por la poesía y por la buganvilia, aunque pueda parecer que no, dado que vivo más cerca de lo último y no estoy muy capacitada para comprender lo primero si no es en base a lo segundo.
Pillé un par de libros sobre el tema en la librería low cost de Casanovas con Gran Vía y más contenta que un ocho (parece que esto va a resultar ser un relato muy personal)  me fui andando hasta la casa de Reyes Torío, mientras trataba de aprehender en mi interior lo que son las ondas gravitacionales; vibraciones que provocan deformaciones en el espacio-tiempo, el material con el que está constituido el universo. ¿Tendríamos que reformular la definición de la palabra tiempo o buscar otra para hablar del que pasa tan rápido o del mucho que hace que no nos vemos? A las pocas horas, tan exultante como ignorante, me vi, junto a la amiga que dinamitó cuanto pollo se le puso por delante allá en los ochenta (y sigue en ello, aunque ha cambiado de especie animal a tratar de asesinar) en la Sala Apolo, en un concierto de bandas británicas de punk. Abrió el cantante de TVSmiths acompañado  por la banda que le montó Jonathan Suzy Chain, el pequeño maestro, que tocaba el bajo y siempre anda espoleando la historia del rock and roll, siempre está en activo. Cada vez que le veo en directo, -eléctrico como pocos-, hay un momento en que le recuerdo en casa de Ana María Moix cuando era muy chico, galopando por el pasillo junto a su amigo Borja Farré con el que sacaba sonido de guitarras imposibles y luego se le hacían oír a la mejor escritora del mundo.
Aquella primera parte fue muy buena, el público, gravitando entre el espacio y el tiempo, parecía dividido en dos, pero mezclado en una sola masa.  Por una parte estaban los neo punks y por otra los de primeros síntomas de artrosis, pero ninguno, creo, de la edad del cantante de UK Subs, Harper, que con setenta y tres se ha currado una gira de mes y medio tocando cada día y mira que saltaba. ¿Cuál era la materia de la que está hecha el universo? ¿Podemos hacer que la energía de esta materia influya de igual modo sobre cualquier ser humano? Para acabar de redondear el trabajo, Reyes me vino a decir que le parecía que uno de la cresta azul que se la atusaba sin parar y pegaba botes, fue uno de sus primeros novios cuando solo hacía giras entre Santurce y Bilbao. Podía haberle dicho, nena ¿de qué vas? Pero si el chaval no habrá cumplido los veinte años. Pero callé, a mí me parecía lo mismo, me daban ganas de saludar a las chicas de crestas y de engarzarme con todos aquellos rostros jóvenes, con quién, de buen seguro, había pasado muchos días y muchas noches por estos mundos de dios. Sí, eran los mismos de siempre, los que estaban en los ochenta, solo que nosotras, creo que por un momento, también creímos, si no estar en los ochenta, ser como ellos, ser ellos. Uf. Me pareció que me partía un rayo gamma. Las vibraciones provocan deformaciones que se quedan ahí, quietecitas en el espacio-tiempo, pero cuidado, pueden pasar siglos y llega un científico y encuentra el material que arrastramos con la majadería a cuestas. En aquél espacio, tanto Reyes, como servidora pertenecíamos más a las teorías, hoy despatarrantes, de Newton, donde todo lo que se mueve puede hacerlo más rápido que la mismísima luz, que es lo que hacíamos cada día en los ochenta, en el post punk. En tamaña encrucijada sensorial me entraron unas tremendas ganas de escribir. No de fumar, si no de escribir, y también de ponerme a medir diámetros de agujeros que las ondas abren al arrasar con todo, cuando de pronto escuché un solo de guitarra como de guitar hero, nada de aquella manera de lijar sierras eléctricas contra cuerdas que tenía, por ejemplo, el añorado Tio Modes de la Banda Trapera del Río. ¿No estamos en un concierto de punk? Le dije a Reyes. Con el tiempo que han tenido ya han aprendido a tocar mujer, no seas ortodoxa, me dijo para distraerme. Y es que la tía se había encontrado a uno de sus fans. Esperé un tema más pero me bullía el interior. Algo había roto la onda y era aquél guitarrista japonés que punteaba fino punteando guarro. O era mi cabeza que iba desde los botes que pegaba Harper con setenta y tres a los desaguisados de indolente belleza de los de veinte, e iba tratando de resolver fórmulas sin tiza y sin pizarra. Además, la bolsa de plástico en que descansaban los filetes que había comprado para la cena se me había anudado en la muñeca como una maldición. No se va con la compra a un concierto punk, me dijo Reyes cuando traspasábamos la puerta de salida del Apolo. Y entonces me di cuenta que le nombre de la sala también acompañaba todo aquél sueño que vivía despierta. El Apolo. Fue la primera noche de mi vida en que permanecí despierta junto a mi padre. Bueno, despierta no, porque la cosa se alargó mucho. ¿Ya han llegado a la luna? Echa una cabezadita que te aviso. Cuando llegué a casa, no el día en que el primer hombre pisó la luna, que ya estaba en ella, si no el primero en que los humanos tuvimos noticia de que ya hay suficientes recursos para investigar que pasó al día siguiente del Big Band, no arrancaba el ordenador. Tuve que recuperarlo de un sueño de gravitación y jodienda con el software en la disquetera, y es que ya tenía ganas de escribir, frenesí, y me importaba un pito el tabaco. Desde entonces no dejo de leer sobre el universo. Extiendo las teorías físicas sobre mi propio físico si hace falta y si bien siento que no hay nada más osado que la ignorancia, también noto que no hay nada más hacedor de vida que la curiosidad. Con el tiempo hallaré la fórmula que me hará regalarle a Reyes las coordenadas del punto exacto donde empezaron a descomponerse sus pollos, para alentarla a seguir desde otro lugar que será el mismo, una mente ágil y buena comunicadora como pocas, que al igual que las ondas halladas, ha de conciliar la gravitación con el índice máximo de velocidad. Y ahí nos volveremos a ver todos antes de ayer, subidos a la punta de la aguja del imperdible, manteniendo el equilibrio como  duendecillos empecinados, siempre inventando nuevas fórmulas, material de arrastre.

Antes de... y regalo de la bio de Pau Riba


                                                         Pau Riba  fotografiado por Cristian Casanelles



Ya van siendo muchos los creadores jubilados que han tenido que vérselas con la ley (en justicia no nombro la palabra justicia para tan infames casos) porque en sus cuentas corrientes, que no atléticas, muy de vez en cuando les entra una pasta bajo el sospechoso nombre de derechos de autor, que no dejan de ser unos seres chiquitos que se meten en la cuenta con la misma intensidad con la que Miguel Hernández se daba a los hospitales y para la libertad, solo que estos seres están muy añorados de los que colegas que se quedan fuera, que son muchos y de tan incierto destino como arbitraria es la disponibilidad de muchos para ponerlos a existir. En el terreno literario, esto le ha pasado (nombro al que a mi me parece mas lustroso) al poeta Antonio Gamoneda. En el año 96 le dieron el Cervantes y hace poco la comunión con ruedas de molino. Parece ser que ya se está haciendo un proyecto de ley para zanjar el tema, pero eso es largo,- los proyectos siempre lo son-, y, mientras tanto, la ley ejecutora seguirá congelando pensiones de señoras y señores que cobran cosas de trabajos que realizan estando jubilados y vaya usted a saber qué oscura razón o ansiedad ocultan en su obstinación para seguir currando con lo bien que se está dando de comer a las ocas del parque, desobedeciendo por un momento a la autoridad que suplica que no le des margaritas a los cerdos, en los descansos entre ir a por pan y ejercer el noble deporte de la petanca. O que terquedad en seguir cobrando lo que en su día crearon y todavía se vende, pudiendo darlo a tanta institución privada que hace lo que le correspondería hacer el gobierno.
O sea que si tu tienes una pensión y encima eres músico, pintor, fotógrafo o escritor, vete mirando el edificio de la Seguridad Social que te corresponde porque ahí habrás de pesar bastantes horas. No es coña. Las cosas están así en este país de mierda que ejerce este tipo de terrorismo cultural. Y en lo de terrorismo si que cito, literal, a Gamoneda, que evita hablar de país y de una mierda  a la que yo obligo a abandonar el concepto escatológico para que entre de lleno en el de la locura, que es donde nos llevan. Y como tanta desproporción embota los sentidos, no se me ocurre mejor cosa, desde mi rincón, que ofrecer a los “ ofrecibles”, regalar a los “regalables” uno de mis libros, en este caso una biografía de Pau Riba, el hombre que vino a romper moldes desde una Catalunya que todavía no es capaz de  aclamarlo y distinguirlo como poeta, analista y cantante, porque aún sigue cosida a la bochornosa moral del ni “poc ni massa ni gens”, entre otras cosas. Una biografía de Pau Riba, el rey del rock catalán. Sobre el libro nunca recibí mas derechos que los de pataleta y pocas pesetas. Está escrito  en el noventa y tres, de modo que la situación vital del creador con cuenta corriente y espía avizor, no era la actual. Han pasado muchas cosas y muchos años, pero el documento sirve. Si os gusta el librito y os saca al menos un par de sonrisas y podéis ( el puede el quiere el tiene y el debe se fueron de paseo tralará) pagad lo que consideréis a través de Pay Pal o de la cuenta corriente (no atlética) cuyo número se ve reflejado a la derecha de la página del blog según se lee. El trabajo está redactado en catalán, de modo que también es una buena manera para los que no lo habláis, de tratar de leerlo y así quizás os daréis cuenta de que no es tan difícilmente entendible si se tiene como base la lengua castellana. De un solo disparo, con una sola bala, me solidarizo con la jubilación de los creadores, con la mía propia, me regalo antes de que me subasten y se queden con la pasta, contribuyo a dar vuelo a mi lengua materna y doy a conocer alguna cosa sobre el hombre que a mi me abrió camino, intelectualmente hablando, en el mundo de la creación y en el de la amistad, casi nada. 
Si queréis saber algo mas sobre este creador inabarcable, os podéis bajar este archivo 


La hora de la verdad







Hay días en que no hay hora de la verdad, solo se entra, solo se sale, y hay hora de correr, hora de comer o tan avanzada la tarde y yo sin decidirme. Hay días en que la policía debería entrar donde trabaja Jiménez Losantos y llevárselo por delante por las cosas que dice cuando habla de matar. Pero no hay que nombrarlo, me espetó un moderno hace unos días, si es que un moderno, hoy día, no es ya cultura antigua. Le respondí que  de tanto ampararnos en no citar asuntos de los que estamos de vuelta, estamos de paso, estamos tontos, esta peña nos está adelantando por la derecha a toda prisa, largando malicia. Mientras escribo comparto mesa con un amigo que está leyendo al Marqués de Santillana. porque su mujer tiene que hacer un trabajo. Quiero un novio así. También está fascinado por Jordi de Sant Jordi. Se nota que entro en el blog sin tener, a priori, nada que decir, o mejor dicho, con cosas que decir que solo sirven para acompañar. Escribir también es esto. Me refiero al acto literario.Sin saber adonde iba he escrito los mejores cuentos, Hoy recuerdo uno que comencé hace unos días, en el vagón de un tren. Era la historia de un relojero anciano que vivía en el taller que le hacía las veces de casa, donde tenía un montón de relojes de construidos en las repisas de las estanterías que colmaban todo el espacio, y estaban dispuestos como para ir a retratarlos para un manual de instrucciones de como montar un reloj. Las piezas, ordenadas, una al costado de otra, seguían el orden que él les había querido dar. Seguramente entré en esta visión porque yo misma hice lo mismo con mis armarios y mis lápices, pero al relojero le ponía los inconvenientes. Todo lo suyo estaba ahogado en  polvo. Entrabas en su espacio, pasabas un dedo por un pedazo de madera que no estuviera invadida de artefactos, y el tiempo ya no lo marcaba solo el reloj, si no que un forense podría haberlo adivinado midiendo la espesa capa que se había quedado impresa en mi  huella dactilar. Todo se comprende desde muchos lugares. El anciano no quería arreglar los relojes. Me dijo que eran baratos y a nadie podían interesar. El interés también es subjetivo. Yo quería aprender con él, siempre me han fascinado los aparatos pequeños. Entiendo que debe dar un buen ramalazo de exaltación lograr hacer nadar un medidor de tiempo. Soy manitas para las pequeñas cosas, de hecho, de chica, lo pasaba muy bien de construyendo para volver a construir. Hoy día puedo pasar un buen rato dándole una vuelta de tuerca al Tangram, pero el relojero no era como yo, sabía como hacer aquello, de modo que no debía demostrarse nada. Yo tampoco, le dije, o no en eso. Entonces el tipo, -yo ya estaba en la tercera página del cuaderno-, me invitaba a largarme de su casa si es que solo había entrado a fisgonear, que es lo que parecía. Trataba de buscar en él cierta complicidad porque quería que me enseñara y sin embargo se ensañaba conmigo. Si solo sigo  escribiendo no podré componer nunca un reloj, me dije. Hay que pasar a la práctica. Y este era un ámbito que no podía abastar desde el vagón del tren, en el que seguía escribiendo  haciendo caso omiso a los llantos de un bebé. Tendrá mal la barriga. Le estarán saliendo los dientes. Es su hora. La gente se apuntaba a a portar diagnósticos y la madre les miraba sin verles, exhibiendo una media sonrisa.  En este punto me despisté. La hora de defecar, una buena hora de la verdad para un bebé de pocos meses en el mundo. La distracción me llevó a anotar una frase al margen del cuento. Una hora es un ahora es un ahora y un después. Siempre tratando de copiar a las ilustres, aunque lo bueno de una buena idea es que se puede extender y “customizar”. La señorita Daloway dijo que ella misma compraría las flores. No sabía que hacer con el personaje, estaba airado, como si no quisiera salir en ningún cuento ¿Porque has venido a molestarme? le espeté. No tengo problema a la hora de fantasear, solo trataba de sacarte de un lugar en el que debe hacer años que estás bien aburrido, porqué el tipo me recordaba a un relojero, joyero, le llamaban, que vivía en mi misma calle. De chica, mi madre me  mandaba a buscar cosas. Debía ser muy buen tipo o muy confiado porque dejaba que me sentara mientras iba terminando algún trabajo y todo seguía ahí, a mi alcance. Llevaba una lente enorme en un ojo. La lupa. Aquél objeto era digno de consideración y lo pedí a los Reyes. Me trajeron una lupa y un par de insectos muertos. No era lo mismo. Una cosa es ver la vida o la muerte y la otra poder marcar la hora. ¿Hay algún reloj que marque la hora de la verdad? La pregunta sigue sin respuesta. El cuento, en mi bolso. Llegamos a la estación y el niño ya había dejado de llorar. Yo cerré el cuaderno y me puse el abrigo. Al salir de ahí, tenía que validar el billete en la máquina y no lo encontraba.. Me metí las manos en los bolsillos del pantalón, en los de la americana, en los del abrigo. Finalmente decidí hablar con el hombre de al otro lado de las puertas de vidrio. Oiga. Y le pregunté que hora era. Tuve que corregirme bien rápido porque se ve que mucha gente lo demandaba, pero me dejó pasar. Que sea la última vez. Que sea la hora de la verdad. Las dos frases tienen un contenido casi mineral que fijan inicio y el final. El billete lo tenía en el cuaderno donde había empezado a escribir la historia del anciano relojero. El viejo lo vio y está inventando un billete que también será un reloj por el que podremos viajar en todos los trenes del mundo, solo que a “su hora” dejará de funcionar”, me ha advertido. Ahora estoy intentando anticipar un fallo a algo que está diseñándose solo para darle, al protagonista de mi cuento, que es alguien del que aún no he hablado, una posibilidad que le iría muy bien, solos que para entonces los Jimenez lozanos y toda esta gente que habla de empuñar un arma si la tuviera cerca para pasar a matar, sería mejor que estuvieran en la trena, porque a pesar de los cuentos, con gente de esta ralea, lo de afuera cada día se hace mas divicil de vivir sin mancharte de lodo. Y es como si no pasara el tiempo. 

Hacerse mayor

 


Los ídolos musicales se nos van yendo. También los de cerca. Hace unos días falleció Oriol Perucho, uno de los músicos por los que Barcelona se dio en llamar la ciudad de la música experimental y tantas otras cosas. Se van porque se van haciendo mayores, aunque mueran todavía demasiado jóvenes. Nosotros también nos hacemos mayores. Ya hace tiempo de ello, dirá con sorna el pasivo agresivo que nos sigue mirando al pasar como lo hacía en la adolescencia, reprimido, atónito y dibujando en su cara un histérico aire despectivo que evidencia lo mucho que le seguimos importando.  Hace unos años, lo de hacerme mayor lo vivía como una putada. Soy tan vanidosa y superficial, que  lo que más me molestaba era la transformación del cuerpo. Siempre presumí de culo manzana, pero la sandía también es un fruto jugoso y no es conformismo, es cuestión de comer mucha fruta y crear adicción a la vitamina C. Pero luego lo miras desde otros sitios y hacerse mayor tiene algo inconfesablemente bello. Digo inconfesable porque, al menos, a mí, se me hace difícil compartir la potencia que da cierta serenidad de juicio, la vuelta al posicionamiento atrincherado con la duda dormitando a los pies, mientras me sigue creciendo la enorme curiosidad por tantísimas cosas. Lo malo son tantos débitos que día a día nos van dejando sin referentes y nos hacen evocar tiempos pasados.  Muere Bowie y piensas, caray, nunca más volveré a ver a Bowie en directo. No habrá más discos suyos. Y sientes un vacío. Algo así, pero con gente más cercana, ocurrió a mediados de los ochenta. Entre el SIDA y la heroína, los amigos fueron cayendo. Se nos diezmó el corazón y hubo un momento en que había tantos nombres y números tachados en la agenda que era mejor tirar el cuaderno al río. De pronto te hallabas con un montón de vivencias que no podías ni evocar porque ya no estaban los que las habían vivido contigo. Y éramos todos demasiado jóvenes para comprenderlo. Los que morían dejaban de pensar en ello, y los que nos quedábamos, lo hacíamos entumecidos. La historia debería hacer justicia de una vez por todas a los que consideran las ratas del siglo veinte, a los yonquies, a aquella gente a la que tanto quisimos y que se fueron al traste cuando la droga entró, Transición política mediante,  y ellos, los que se pillaron, se enchufaban a la jeringa creyendo que seguían fumándose un canuto a la salida del colegio.  Y a los fallecidos por el SIDA. ¡Ay, cuánta gente y tan querida!
Nunca he sido tan anciana como a los veintisiete años, de modo que ahora, todo esto de los ídolos cayendo, de los amigos yéndose a edad temprana, pero “mayores”, me parece que forma parte del ciclo natural, lo cual no quiere decir que me reste dolor, estupor y pena. Pero solo desde esta posición en el tiempo, puedo vivir otras alegrías, como la de poder ser abuela. Una abuela rock and roll ¿Qué te parece? Deberé aprender a medir la diferencia entre una abuela como la que he de ser y la abuela cose visillos, si es que  hay tantas. De momento ya le he escrito, al niño que ha de salir de la barriga que un día se hizo en la mía, a lo muñecas rusas, un par de cuentos. Creo que le debo hacer uno con collages de David Bowie para que sepa quién fue. Lo de David Bowie es muy vistoso para los niños. Y encima serán paisanos. No, no le voy a hacer un cuento sobre Bowie, se lo haré sobre Sisa y los invitados a la fiesta del sol que siempre anda asomándose. Y es que a pesar de haber vivido contraviniendo los ciclos naturales, de aquella anárquica manera, también me dan subidones de identidad y  sueño con ser “anxeneta” del castillo humano más alto, cuya piña que ha de aguantar la posible caída sean las canciones, los besos, los libros y todo este mogollón de cosas guapas que se van sumando al hacerse mayor.