Viejo novio e investidura



Hablaba muy bajo pero decía cosas muy intensas. Era un chico joven y yo era una chica igual de joven. No lo he vuelto a ver nunca más pero todavía tengo ganas de que un día se comunique conmigo para  ver cómo ha crecido, aunque esto lo digo ahora porque  estoy escribiendo sobre él,  pero estando en tránsito, estando en cada momento seguido de otro momento, cada instante deforma el instante anterior e incluso el instante mismo,  y yo ya no puedo sostener ni alargar ninguna otra certeza que no sea aquella que me viene del amor del bueno, de modo que no sé si, pongamos por caso, apareciera el sábado a las siete de la tarde, me gustaría verle o me parecería un estorbo su presencia. Invoco la nostalgia para que nada vuelva a ser como antes, más que el sabor de la nata, tan azucarada y líquida la que venden hoy en día en los supermercados. El chico, decía, hablaba bajo y decía cosas muy graves, pero igual nunca le hice suficiente caso, porque me gustaba más buscar imágenes en la imaginación que emparentaran con aquella forma suya de ser y cuando sentí que Pep, al hablar,-tenía un nombre muy común-, era el gesto que lleva a alguien a deslizar, delicada y sigilosamente, una nota por debajo de la puerta de la habitación, una nota de vida o muerte, ya me di por satisfecha, sólo que entonces me venía la imagen a cabeza cuando lo tenía enfrente y  veía la nota deslizarse todo el rato.  Mi atención  seguía estando sobre lo que él representaba para mí y no en lo que era en realidad, si es que él quiso alguna vez que le viera tal cual era, que creo que no le gustaba nada. Lo que me sorprendió no fue que se fuera con un chico, teníamos una relación abierta. De hecho, era tan abierta la relación que en ella había tanta gente que a veces sobrábamos nosotros. Era una relación de dos que buscan una relación, y para no aburrirse en los intermedios, galopan juntos. El día que me dijo que se había enrollado con un guardia civil (y no es coña) aunque había sido un rollo de una noche, me pareció un ser miserable. No hay que dar placer al enemigo. Me sobrevino una moral de buenos y malos, heredada de la catequesis y de las historias de Bonanza. Fue el principio del fin y entonces me busqué a un tipo más gamberro, malo de atar, pero nada peligroso. Nunca sabréis las risas, mandíbulas como puertas al batir, que mis amigos y yo nos hemos hecho a costa de esta anécdota. La del guardia civil. De hecho es uno de mis hits cuando se habla de amor y desamor y la saco a colación para desencallar los ambientes, porque no hay nada que turbe más el aire de una estancia, que lo densifique tanto, como cuando se habla de cosas que no se pueden tocar ni mostrar ni demostrar ni importan a nadie más que a dos (la canción de Luz Casal)  como, por ejemplo, cuando se habla de amor. Hoy he pensado en él y no ha sido porque me haya parado la guardia civil si no por la investidura de Rajoy, esta forma tan horrible de arrancar puertas para tirarnos piedras esculpidas con los mandamientos de la ignominia  y me ha parecido que aquél día en cómo corrimos a votar, en el ochenta y dos, al “pesoe”, con los “deeneiés” recién estrenados, flamantes, -plástico sobre piel-, aquél día en que salimos a la calle cuando la calle salía de sí misma, se alborotaba, y sobre asfalto, esperanzas, lo venían a ensuciar por completo tantísimos años después con gestos de ir andando hacia atrás, a ras del acantilado del pleistoceno de las almas, pero qué va, la suciedad es suya, la destrucción es suya y el correr y aprender fue y sigue siendo nuestro, las cosas vividas, el cuerpo de Pep, tan bello, desnudo sobre la cama que hacía de casa, que hacía de cocina, que hacía de alfombra, y la generosidad también, el compartir con guardias civiles lo que no se puede apresar nunca ( y no es chiste verde tonto) y esta resistencia de edificio que tenemos, esta corporeidad de árbol, esta rabia y esta luchar hasta partirnos la boca, sigue siendo nuestro, como el reír y la falta de certezas y la certeza del amor del bueno siempre y las ganas o no ganas de saber de él, de ver cómo ha crecido.