El sueño

                                          Foto de Luisa Rebeca Valentín




Y ahora que todo el mundo, como tantas otras veces, el mismo mundo, con lo grande que es, ha puesto la mirada en la islita caribeña, y se ha puesto a debatir, como si le fuera la vida en ello, sobre los que ahí viven, ¡con los que llegan a vivir en todas partes! y de qué modo lo hacen y van a seguir haciéndolo, muerto el capo, ya me parece un enorme  logro de este hombre que fue Fidel Castro y toda la gente que lo siguió en un sueño que dejó de serlo para ser una realidad que no contentaba a todos los que la vivían, porque la realidad, por mucho que venga de soñarse, siempre acaba por ser más alquitrán que mango, con personas conspirando (y las que no) avanzando por el enredado cauce que toman las relaciones personales y los juegos de poder que terminan por echar a perder el sueño, aunque lo florido del sueño, con, por ejemplo,-y tomo uno solo-,  ningún niño sin casa y sin escuela, se veía pasear por las calles de la Habana con una alegría que servidora recibía con algarabío y acababa por devenir un sentimiento de vergüenza de Europa que hacía más improbable el sueño que soñamos, los que aquí, tratamos de soñar para todos, aunque a veces las relaciones interpersonales y los juegos de poder alienten al insomnio.
Unida a Cuba en múltiples ocasiones por razones que no vienen al caso, yo también fui ahí, al menos la primera vez, enarbolando el ala del gran sueño, pero a los pocos días, un hombre, casi anciano, de los de Playa Girón, me vino a decir que estaba hasta los mismísimos de que la gente, como yo misma, les mirara como se mira a un sueño  y fueran a contarle su realidad, que no vivíamos,  animándolo, como hacían algunos niños en el Zoo ante Copito de Nieve que querían ver como el gorila se comía la banana que había dejado de lado.
A partir de ahí, establecí relaciones con personas de la Habana, unas de gran calado que aún perduran, independientemente del sueño, del mío y del suyo, fuera el que fuese, y  dejé de comprar gorras que imitaban las del Ché. Empecé a sentirme como en casa. Todo lo que había se compartía de un modo espléndido, y aunque siempre está el tonto que va de listo y quiere embotar la postal con el oportunismo,  la postal de la amistad, con las charlas, los poemas y la música, siempre fue de una belleza sublime. Había cultura y había atención al otro. También por personas muy próximas a Fidel.  Seguramente el escenario del sueño lo había hecho posible, pero la complejidad aumentaba como aumenta la saliva en las largas noches de amor sin sueño, soñando.
Hoy, muerto Castro, las tertulias van cargadas con este tema, pero mis amigos cubanos son cautos y apenas si hablan del tema, o si lo hacen no se atropellan el uno al otro para tomarse la palabra ni tirarse de los pelos como los tertulianos del mundo y algunos cubanos de Miami, que han salido a la calle a beber  por su sueño, lo que su nueva realidad  parece estar cercenándoles, aunque procuro seguir en el lugar donde me apostó el hombre al que antes he mencionado, el anciano revolucionario, cuando me dijo lo que me dijo sobre la mirada ajena sobre los sueños que se hacen realidad  y, yéndome a lo mío, pienso que hay que ser bruto o tan genuino como Albert Plà, el artista cuya realidad comparto, -y también, más de un sueño- que estando en La Habana para una actuación, no pudo realizarla porque justo este día de tantísimos días murió Fidel. Y a vueltas con lo mío me pregunto qué sería de nosotros si todo el mundo nos mirara o mejor cancelar el cuestionario siempre.