Alicates y Reyes Magos

                            Fotografía de Josep Bou. Pajes de Igualada, por supuesto, yendo a trabajar


Aquella señora con los ojos humedecidos de lágrimas a punto de estallar que mirabas un instante el día de la Cabalgata de los Reyes Magos entre el montón de gente y veías embobada mirando la Cabalgata, cuando tu ya sabías de qué iba el rollo pero te lo tirabas igual, y dudabas entre si  la mujer lloraba de verdad o lo simulaba; aquella mujer, gente amiga, ya soy yo, solo que ahora vuelvo a tener niño, de modo que como tantísima otra gente he tenido y tengo, aparte de la mía , otras dos infancias, que subsiste, o mejor dicho, sustenta y abriga todo lo demás.
Pero ha habido tiempo, años entre infancias, donde odiar o echar de más las Navidades o virar de calle para no pillar el tumulto de gente de la tarde de Reyes. En una vida hay tiempo para todo y sin embargo siempre parece que hay  mucho que aprender. La curiosidad es un acicate y un alicate. Motor y herramienta.
Pero luego viene lo de tener que mantener la mirada en la realidad  y no desdeñar nada del paisaje, así sea fiesta y haya una infancia que compartir, y aparece Alepo, los niños que mueren, los niños que Europa ha matado, los que va a matar y los que siguen con vida, con infancias que compartir y sin ningún alicate ni acicate, y te preguntas como le trasmites esto al niño que mira embobado al Rey Mago que cubrirá sus ilusiones. Cómo hacerlo sin parecer pájaro de mal agüero, pero caray, la infancia no es una bobada para pequeños crédulos y mejor saberlo ahora qué negarlo para siempre. Y hay que contarlo. Sin pretensiones de caridad, gestionando la cosa como una verdad incómoda, pero hay que contarlo y no sacárselo de la cabeza si al final no queremos ser todos “trumps”, ya en palacio, ya en chabola, posando con un balón nuevo para el selfie.
Contar que siempre que se celebra algo se desmerece otra cosa, que gozar no quiere decir dejar de pensar, igual que sufrir no significa no poder reír o tomar, del sol, los rayos que sacudan tu cabeza. Que nada es blanco ni negro y por eso los reyes son tres y el rubio el de en medio. Y que es precisamente por eso, por los matices y las posibilidades, que la vehemencia se impone. Y que es lo individual frente a lo general y lo general frente a lo individual por lo que se postula, se sentencia y se pegan golpes sobre la mesa. Que es el matiz el que radicaliza y que no hay radicalidad que no defienda la dignidad humana que no estalle en mil pedazos al ser analizada. Que por todas estas razones, aprender a vivir no es nada fácil y por mucho tiempo que haga que lo lleves haciendo siempre parece que hay muchísimo que aprender. Que la infancia no es de bobos y que es bello tener tres y tener mil antes que desecharla y volverte un ser infame como el monstruo del cuento, amargado, avieso, buscando siempre los tres pies al gato que todos ellos muestran si los miras bien, tan generosos.

Uf, se ve que hacía días que no entraba y siempre lo hago a resultas de la urgencia. Una urgencia que sin ninguna duda no existe pero da mecha, como no existen los Reyes Magos (y este fue el primer, enorme disgusto, que me llevé en la vida)   pero parece que sí, sí al mirar alrededor también ves la muerte de tantos niños y tanta gente, tanta injusticia, e intentas combatirla con las pocas herramientas que tienes a tu alcance, incluso en la bonhomía de un sueño imposible en la noche más mágica del año.