Perros de Barcelona



Déjeme ver su DNI, dijo el tipo sin mediar ni tan siquiera un saludo. Una amiga y yo salíamos del parque con nuestras respectivas perras atadas. Paramos al lado de un muchacho al que la policía había detenido después de dejar el parque con su perro, también atado. La salida es estrecha y el policía estaba ahí. Déjeme ver su Carnet de Identidad, dijo. Así, sin más. Su acritud, sus ojos incriminadores y una media sonrisa chulesca me hizo recordar aquellos tipos vestidos de gris que animaron la transición. Policía crispada. Déjeme ver su Carnet. No lo llevo encima, estoy paseando a la perra. Dígame su nombre. Oiga, unos modos ¿De qué se me acusa? De pasear al perro en un parque público. Mire la señal. Hay dos señales. Un perro tachado con una franja roja en diagonal y un pie con una pelota tachado de la misma forma. Los perros pueden entrar atados. Ni atados ni desatados, aquí no entran los perros, además “vosotras” lo llevabais suelto y lo habéis atado al vernos a nosotros. Esto es una suposición suya. Le ruego que no me tutee. Y siguiendo el caso que usted considera ¿Cree que habríamos sido tan bobas de salir del parque justo ahora en que está multando a este señor? Sí, siempre hacen lo mismo. ¿Siempre? ¿Nos vigilan? Si no tienes el carnet de identidad. Oiga, no me tutee. Si no lleva carnet de identidad dígame su nombre y el número. Se lo di. Mi amiga lidiaba con otro policía municipal. Imposible mantener un diálogo. Por mis cojones. ¿No me diga que me va a multar por ir por la calle con una perra atada? Es que usted no la llevaba atada en el parque. No puede saberlo. Desde aquí no ve lo que pasa en el parque. Me da lo mismo, en los parques no pueden entrar los perros, ni atados ni desatados. ¿En ningún parque de Barcelona? En ninguno. Los perros no pueden entrar en los parques, vaya al pipi can. No  hay ninguno en el barrio. Pues no tenga perro. Era tan bobo el diálogo y era tal la creciente impotencia por no poder conseguirlo que hasta la perra se puso nerviosa. Luego pasaron veintitrés minutos de reloj en que los tipos pasaron a hacer las investigaciones de rigor apoyados en las motos, así como la redacción de las multas. El que se encargaba de “mi delito” volvió y me dijo. Comprobada la identidad. No me has mentido. Que no me tutee, narices. Y deje de lado sus juicios de valor. ¿Los qué? Eso.
¿Cómo se llama la perra? ¿Es preciso dar este dato? Si y no me toque los cojones. Oiga, no tiene por qué hablar con palabras soeces, me he limitado a preguntar. La perra se llama Rumba Flores Catalá. ¿Sexo? ¿De la perra? Si, ya me estás molestando. Deje de tutearme. Femenino. ¿Sexo? Femenino. ¿Es perra? El silencio como respuesta. En la parte superior de la multa que ahora tengo yo aparece escrito el nombre de la perra. El policía escribió Rumba Catalá. Pasó por alto el Flores. Aquella fue la única concesión a la coña que me permití durante el brete. Me gusta ver hasta dónde pueden llegar los seres humanos solitos, con su propio pie. Ya no es la policía local de hace unos años. Estos dos no lo eran. Seiscientos euros. ¿Quiere firmar? No, no estoy de acuerdo. Y ahora váyanse. ¿Irnos? ¿De la calle? ¿No tenían tanta prisa? ¿Y a usted que le importa? Basta ya. ¿Pero quién se ha creído que es? Pone multas basándose en suposiciones y encima me va a decir lo que tengo que hacer. Por un momento el tipo notó que se había extralimitado y se largo riéndose y acariciando la porra.
Todo ocurrió a la salida de un parque en el que no juegan los niños, un parque que es un cuarto de isla del ensanche barcelonés que lleva el nombre de Mercè Vilaret, la primera periodista catalana que tomó la imagen como modo de expresión para su brillante trabajo. La conocí poco pero muy cordialmente. Y también conocí a su perro. La enredadera del parque sólo sube por la tapia en la que está escrito el nombre de la realizadora de televisión, ahí aguanta fuerte, en los otros lados se seca y muere.
Al cabo de dos días de esta triste anécdota (por hoy) he pasado por el mismo lugar y me he encontrado al tipo que paseaba a su perro, al que le endilgaron la primera multa. Me ha dicho que ya había pagado, no piensa en recurrir. Pagando rápido sólo te cuesta la mitad del importe total. ¿Sólo? ¿Pero qué has pagando? Es la ley, me ha respondido. ¿Llevar un perro atado en un parque y tener que pagar trescientos euros (la mitad) es acatar la ley o seguir generando injusticia? El tío ha enmudecido. Yo no. No sé como resolveré la redacción con la que impugnar la multa. Me ha dicho que primero hay que pagar y luego impugnar. ¿Pagar la intransigencia de un policía que cree haber visto un perro no atado en un parque? ¿Pagar el qué? 
Podrías pagar tú las tres multas. ¿Yo? Si, tu, pedazo de bobo. Y también puedes confesarte autor de todos los autos que se imputan a Urdangarín.
Entre el policía del tuteo y el memo de la ley me quedo sola en la isla desierta. Y luego dicen que no, que los policías son demócratas y ya no pegan. Juro que de poderlo hacer, aquél tipo de anteayer me hubiera abofeteado. Le sacaba de sus casillas que no me fuera de las mías. Un botón no es toda la intendencia de una modista, pero hay botones con cantos de vidrio. Seiscientos euros para pasear a una perra. Otra vergüenza de una ciudad que sigue hiriéndose a sí misma, de una sociedad crispada, de un mundo a la deriva. No pagaré la multa por nada del mundo, pero espero entrar en la cárcel unos días después de Millet.  

4 comentarios:

Javier dijo...

Toma civismo bien entendido. Bueno, me voy a escuchar el Paseando el perro de los Dr. Feelgood, como homenaje a ti.

Bad Music dijo...

Si los perros no pasear sin estar atados a sus amos, por qué ellos van sin correa ni bozal... me refiero a los policías.

Anónimo dijo...

Siento asco y impotencia por igual... que asco de perros sueltos uniformados...

Espero que algún dia haya justicia de verdad y a estos tipejos alguien les baje los humos de una vez.

Mi total apoyo

Anónimo dijo...

Quins desgraciats (ambdós, l'home mediocre que abaixa el cap i paga les multes sense rexistar també)


A.Navy